Martes, 29 de julio de 2008;
Kristiansand - Hirtshals (ferry) – Neumunster;
Seis de la mañana ¡Vaya nochecita! Pensé que no iba a terminar
nunca. Me he debido despertar tropecientas veces, no tenía aislante
y por la mañana refrescó. Tengo los huesos molidos. Lo único que
me preocupa es que hoy va a ser una larga etapa, y sin descansar…
Bien, me visto y recojo. Y me quito las legañas como los gatos. La
fila tras de mi se hace larga. Me acerco a la moto y espero como un
tonto. Las seis y media y nada, las siete y el personal de las
taquillas comienza a ocupar posiciones, Detrás de éstas contemplo
la majestuosa embarcación que nos llevará a Dinamarca. En un
momento comienzan a andar todas las filas menos la mía. Para dos
malditos vehículos que tengo delante consigo pasar a las 7:40, la
chica de la taquilla me dice que me de prisa, que el barco no espera
a nadie. Vuelo por la zona de embarque hasta otra fila.
Mientras espero en ésta, veo otras motos y me llaman la atención
dos chavales jovencillos. Es su primer viaje fuera del país, van en
sendas custom de 50 cc y sus caras reflejan ilusión, mucha ilusión.
Van pertrechados con sus sacos de dormir y tienda de campaña.
También hablo con el propietario de una goldwind preciosa forrada
hasta los topes de extras, no le cabe ni un neón, ni un adorno más.
Arrastra un remolque. Al comentarle que he visto alguno como ese por
Alemania, se mosquea; se jacta de tener un trailer único en Europa,
pues se lo hicieron a medida en los Estados Unidos, y eso, más
traerlo y homologarlo le ha salido por 24000 euros. Más la moto,
claro.
Por fin entro en la panza del gran buque y amarro la moto. A mi lado
una BMW r 60 y su propietario hacen lo mismo. La moto en cuestión
tiene 250.000 km y le hace el motor cada 150.000 km.
Quedamos para vernos luego y hablar.
Quedamos para vernos luego y hablar.
Con puntualidad noruega el barco zarpa a las ocho en punto. La gente
se amontona para ver cómo se aleja de la costa. La mar está como un
plato y el sol, que ya calienta hace rato se refleja en todo cegando
mis somnolientos ojos.
Me despido, con tristeza, de esta mágica región de la tierra, que
no me apetece ni un ápice abandonar.
Quedan tres horas y media por delante de barco.
Bajo al restaurante y hoy si tengo que pasar por el aro, la última
clavada noruega, además de esperar turno en la larga cola creada al
efecto. Ahora viene la ardua tarea de buscar un sitio para sentarse.
El comprar el billete menos caro trae estas cosas, que los asientos
no están numerados y debes buscar acomodación por cualquier rincón.
Me siento en la esquina de un sillón sin respaldo para desayunar, y
me doy cuenta de que me caigo de sueño. No puedo más. Me tiro al
suelo, apoyándome en el asiento. Amanezco media hora antes de llegar
y doy un vistazo por las cubiertas. Al fondo Hirtshals, Dinamarca.
Se nota la tensión en la gente al ver cómo abandona sus posiciones
para ocupar sus vehículos. Yo estoy en chanclas y pantalones cortos,
y así bajo, tranquilo, mientras la gente ansiosa arranca sus motores
antes del atraque. Me vuelvo a encontrar con Tieu, el propietario de
la BMW, que me dice que me estuvo buscando; nos despedimos, pero
quién sabe, si nos volveremos a encontrar.
Y así arranco, hasta las afueras del puerto, donde paro a equiparme.
Dinamarca, hace bastante calor, así es que me pongo en modo verano.
Y a rodar…
Sudando como un pollo y aburrido me deslizo por la autovía a unos
110 km/h. De repente me pasa como una exhalación Tieu con su BMW y
me pita, es inconfundible, con su mega cúpula, que ya quisieran para
sí las vespas de correos. Rodamos juntos un rato a unos 120 km/h.
Es la una del mediodía y paramos a comer. Tieu me reconoce que se estaba durmiendo en la moto, y yo no andaba muy lejos tampoco.
Es la una del mediodía y paramos a comer. Tieu me reconoce que se estaba durmiendo en la moto, y yo no andaba muy lejos tampoco.
Conversamos mientras comemos. La verdad es que a priori tiene cara de
pirao, pero hablando con él la cosa cambia. Es holandés; me parece
un tipo interesante. Resulta una conversación enriquecedora. Después
continuamos la charla en una sombra cerca de las motos y de postre
una breve cabezada. Me recomienda que lea un libro sobre motos y
mecánica. Y aquí se separan nuestros caminos, el lleva un ritmo
infernal, dice que hace medias de 160, y que no le aprieta más para
conservar la mecánica, ¿? Yo proseguiré a otro ritmo, también
infernal, pero a velocidades legales.
Me voy acoplando en la moto como puedo, después de comer y al sol,
en la E39 dirección sur.
Dudo seriamente que llegue el día acordado a casa, pero si algo he aprendido en este viaje es a no ponerme la venda antes de que me aticen. Me escondo detrás de la útil cúpula y me auto-convenzo que no voy a parar aunque me duela el trasero, la espalda, la muñeca, se me duerma el antebrazo o lo que sea.
Cambio la E39 por la E45. El sol es muy molesto, ya que bajo directo
al sur y lo tengo todo el día enfrente, y salvo en las horas
centrales del día, que desaparece en lo alto y me da descanso, el
resto del tiempo a media altura me va destrozando los ojos. Por otro
lado he usado el astro rey como brújula, y en pocas ocasiones esta
técnica me ha fallado, rectificando y dando la vuelta al instante.
Ciudades como Alborg, Arhus o Holding de Dinamarca, dan paso a
Flensburg, Dudelsdorf o Neumunster en Alemania.
Pero ha sido un día muy largo y muy duro, la noche me envuelve ya
hace rato y en esta última población me salgo de la autoban
(autovía). Son ya las once y media, y por las calles no hay gente.
Comienza el espectáculo…
Paro a preguntar en una gasolinera y una mujer me hace un esquema de
dos hoteles baratos. “¡Ohhhh! Español… yes, Mallorca”. Si,
señora, Mallorca, “dankesen y chus”. (Muchas gracias y adiós).
Se supone que un km más allá, en el tercer semáforo giro a la
izquierda, hago la curva, paso por encima de la vía del tren y al
momento, ¡bingo!, digo, ¡mierda!, me he perdido, entro de cabeza en
una oscura y tétrica calle con árboles a los lados. Bien, ya lo
estoy viendo, esta noche acaba en tragedia…
Veo a la derecha unas sombras, cerca de la tenue luz de una farola.
Son dos preciosas, jóvenes y rubias chicas. Vienen por mi acera.
Paro a preguntarles y les enseño el esquema. Me confunden con un
inglés, jeje, debe ser la oscuridad. ¿De donde eres? De España.
¡Ohh! Si, España… de sus finos y rojos labios creí que iban a
salir esas mágicas palabras, “OH, si, El Prado, el Museo Thyssen”,
pero no, de sus labios salió “OH, si España, Ibiza” No pude por
menos que descojonarme de la risa…
Estuvimos unos 8 o 10 minutos hablando en mal español y peor inglés
sobre el país del sol, y después me indicaron la comisaría de
policía pues no conocían otra cosa. Por lo menos eché unas risas.
Estaba rendido, quería llegar donde fuera, ya.
Enseguida encontré la comisaría de policía, y fui a subir la moto
a la acera, pero no podía ni con mi alma y di un traspié, la moto y
yo al suelo…
Paré raudo el motor, empezó a oler a gasolina y cerré el grifo del
depósito. Miré a mí alrededor y todo era oscuridad, penumbra y
soledad. Intenté levantarla, pero no podía pasarla de las rodillas.
Un par de intentos sirvieron para darme cuenta de la inutilidad de
mis actos.
Escuché entonces a mi espalda, en la otra acera, una bici. ¡Estaba
salvado! El señor se detuvo y me dijo algo en alemán. A lo que le
contesté “sir, please, can you help me?” (Señor, por favor,
¿puede ayudarme?) El hombre se quedó mirándome sin hacer nada, y
yo sin entender la situación. ¿A qué demonios esperaba para
echarme una mano? El caballero, entonces, me señalo la comisaría y
se bajo de la bici (¡Por fin! pensé). Se bajo al asfalto, bajó en
peso su bici, se subió y se fue sin mediar palabra dibujando amplias
eses cómo si no hubiera visto nunca a nadie.
Miré a mí alrededor buscando la cámara oculta, sin éxito.
Me descojoné de risa, ni yo mismo me creía lo que me estaba
pasando.
No había elección, entré en la comisaría. Había una agente sin
galones en el hombro y un policía bajito con un galón verde. Me
dirigí a ambos en inglés, “buenas noches, se me ha caído la moto
al suelo, ¿pueden ayudarme a levantarla?”
Se quedaron callados mirándose, ¿Cómo? Tuve que repetírselo dos
veces más y gesticular con la mano. No parecían entenderme. El
policía salió conmigo y entendió lo que pasaba. Se llama Eagle, es
más bajito que yo pero está cuadrado. Sin pensárselo, engancha del
manillar y casi no hice fuerza para levantar la moto. Me dio una goma
negra del suelo y me preguntó si era de la Yamaha. Pensé que no,
pero al estudiarla un instante me resultó muy familiar. Era un trozo
de la palanca de marchas partida; la buena noticia era que mi débil
soldadura para evitar que la palanca se doblara o rompiera otro
elemento, había funcionado. La mala es que así difícilmente iba a
conseguir subir de marcha.
Eagle me dijo que la moto se podía guardar en la comisaría esa
noche si no funcionaba. Conseguí arrancarla después de quitarle el
ahogo. Bien, pero lo que me trajo a la comisaría en un principio fue
buscar ayuda para buscar alojamiento. Pasamos a la comisaría de
nuevo, e Eagle cogió una guía de teléfonos, mientras me preguntaba
mi presupuesto, ¿poco? Llamó al hotel que me recomendó la señora
de la gasolinera y eran 90 euros. Mientras llamaba a otro par de
sitios, crucé las muñecas y les dije que había pensado robar un
banco para dormir gratis en el calabozo. La agente me miró fijamente
sin mover ni un solo músculo de su cara, mientras me comenzaron a
caer los sudores fríos, Eagle se reía. Consiguió otro sitio a 75
euros y el tercero por unos 50 con desayuno, mientras cerraba la
operación en alemán, me escribió el precio en un papel antes de
confirmárselo a su interlocutor. Por supuesto le dije que sí con la
cabeza, ya que dadas las horas que eran, el sitio y las
circunstancias, por ese precio no iba a encontrar nada. Para colmo
arrancó el coche de policía y me guió por la ciudad mientras yo le
seguía con la moto, subiendo las marchas con la puntita de la bota,
hasta la mismísima puerta del hotel. Llamó a la puerta de éste,
que estaba todo apagado y al momento salió el dueño. Eagle, le dijo
algo en alemán, se volvió y me deseó buen viaje. Se despidió
mientras le ofrecí mi mano y le di mil gracias por todo lo que había
hecho por mí. De nuevo tuve mucha suerte de encontrar a alguien así.
El señor del hotel, al que habíamos sacado de la cama, me acompañó
a la parte trasera para guardar la moto, descargué las alforjas, y
me subió a la habitación. Por cierto, excelente.
En gallumbos, me senté en el filo de la cama intentando asimilar
todo lo que me había pasado hoy, y repasando mentalmente lo que me
quedaba por recorrer. Era tarde y había sido un día duro. Cómo
diría mi amigo Luís, estaba hecho bicarbonato.
558 km, 10 horas en moto.




No hay comentarios:
Publicar un comentario