Jueves, 17 de julio de
2008.
Spakenes-Tromso
Me
dan permiso para salir a las tres, así es que tras amanecer sobre
las nueve, aprovecho para coger la cámara y dar una vuelta. Hay una
temperatura suave y estupenda. Asciendo la colina buscando vistas y
me encuentro lo que queda de una fortificación de la segunda
guerra mundial como las que pueblan toda la costa Noruega donde los
alemanes retenían sobre todo a soldados rusos.
Finalmente
consigo salir a la una. Al poco de partir lo que era una apacible
mañana se torna en una tormentilla y una fina lluvia.
Como
pronto y cerca, para variar; hoy salmón, veintitantos kr unos 26
euros por un lomo de salmón más bien pequeño con su guarnición de
patata cocida y verdura. No obstante, con un toque exquisito.
Continúo
viendo pasar el asfalto por debajo de mis botas, mientras sigo
deslizándome pegado a la costa de otro flipante fiordo, admirando
las turgentes y chorreantes paredes que me rodean.
Por
la tarde el tiempo mejora hasta hacer demasiado calor. Veo en Skibot
una súper cascada y tomo un empinado camino que se dirige hacia ella
buscando quizás una mejor vista hasta una cancela que aunque no
tiene candado e imagino sea para impedir se salga el ganado opto por
no aventurarme más allá pues mis circunstancias no son las más
idóneas para tentar a la suerte. El cartel de la puerta parece claro
pero…
Doy
la vuelta como puedo, es decir, con mucho cuidado y al descender a la
carretera pregunto a una pareja de abuelitos por el camino correcto
para llegar hasta la parte superior de la cascada pero no me
entienden. Aún así me remiten a la cabaña de al lado.
Allí me dirijo y antes de pisar el porche sale extrañado un chaval
joven. Hay que decir que aunque parezca que nunca hay nadie, que
nadie nos ve y que podemos llegar a las casas sin la percepción de
sus dueños, es un craso error. En varias ocasiones lo he comprobado.
Veo que tiene una naked de 600 en su jardín y al explicarle lo que
pretendo me comenta que ese camino es el que más se acerca pero que
no llega hasta el filo de la cascada, me pregunta por el origen y los
pormenores de mi viaje y hablamos un poquito sobre las motos en
Noruega. Casi todo el mundo tiene su moto de nieve en el jardín
esperando al blanco manto y me habla de lo que eso le gusta y la
ausencia casi de obstáculos cuando varios metros de nieve lo tapan
casi todo.
Sigo
mi camino, se ha quedado una tarde magnifica y perfecta para montar
en moto. Entro en una ancha garganta con una lengua de agua a mi
izquierda, los reflejos son brutales. Mientras atravieso un pequeño
pueblo que consiste en una fila de casas a ambos lados de la
carretera.
No
puedo resistirme a detenerme una vez más a intentar capturar con mi
reflex este momento. Lo hago entre dos casas y mientras me deleito
con la escena sale un hombre de una de las casas con una carretilla
de leña que deposita en un cajón, justo a mi lado.
Rozará
la cincuentena, es rubio, pelo a media espalda, barba, bigote y 1,80.
En fin, un vikingo en toda regla.
Deja
el carro en el suelo y me saluda al estilo Noruego, con un ”hey”
(hola) y entablamos una conversación en inglés, perfecto por su
parte y guarreras por la mía, hecho que me sirve para interesarme
por la vida allí. Le afirmo lo que el ya sabe, que vive en un sitio
privilegiado; me llama la atención que les encante su invierno, frio
y oscuro. Se interesa por mi viaje.
La
gente aquí es extremadamente amable. Las prisas, aquí, no tienen
mucha cabida.
Me
desea un buen viaje. Me despido como un buen aprendiz de noruego. Tag
y heydo; gracias y adiós.
Sigo
ruta, al rato comienza por enésima vez ya hoy a cambiar el tiempo,
se empieza a nublar hasta que a la llegada a Tromso, el cielo amenaza
lluvia. Tronso es una isla, y tiene un majestuoso puente a la entrada
y otro en el lado opuesto. A simple vista parece otra ciudad más, de
estas grandes que intento esquivar, no parece que tenga mucho que
aportar…
Decido buscar sitio aquí para pasar la noche y para ello
busco la oficina de turismo que está a punto de cerrar.
Lo
voy bordando, ya que ese fin de semana hay en la ciudad un festival
Rock. Consecuentemente los precios son carísimos y no quedan
habitaciones en toda la ciudad por debajo de 100 euros. En un último
intento, y en el sitio más barato de la ciudad, según el señor,
queda una habitación. Se trata del hotel Ami que dista de allí a 5
minutos en lo alto de una colina por 45 euros. Como llegaré cuando
se hayan ido, me dan unas claves para pasar al hotel y abrir una caja
fuerte para acceder a la llave de la habitación.
Llego
al hotel en un momento y todo está donde me dijeron que estaría.
Descargo el equipaje me cambio de ropa, agarro la cámara y me
dispongo a aprovechar lo que queda de tarde. Salgo del hotel, cruzo
la calle, me apoyo en el pasamanos desde el que se ve la parte de
abajo de la ciudad, y… ¿ahora qué? No se por donde empezar. Una
chica sube por las escaleras que unen la parte inferior y superior.
Le corto el paso y le pregunto.
Insisto,
la gente por estos lares es extremadamente amable y cortés. Se llama
María y 20 minutos de tertulia sirven para ponernos al día sobre
lugares para ver, qué hace en la ciudad, qué hago yo, hablamos de
Noruega, de España y no se que más…me pregunta cuando dejo la
ciudad y que mañana viernes hay concierto y que algo de tronso me
puede enseñar pero le digo que al día siguiente marcharé. Tras
agradecerle toda la información facilitada y la grata conversación,
nos despedimos y sigo sus instrucciones para llegar al centro y
pasear por allí mientras pienso en si habré hecho bien dejando
escapar la oportunidad de conocer gente noruega, pero a estas alturas
ya voy justo de días.
A todo esto las nubes y las cuatro gotas que han caído a la llegada han desaparecido y a aparecido una luz muy agradable. Compro en un supermercado algo de fruta y un yogurt de esos que tanto me están cautivando con arroz y frutas y me dirijo al puerto a coger un sitio en uno de los mejores restaurantes del mundo con vistas.
A todo esto las nubes y las cuatro gotas que han caído a la llegada han desaparecido y a aparecido una luz muy agradable. Compro en un supermercado algo de fruta y un yogurt de esos que tanto me están cautivando con arroz y frutas y me dirijo al puerto a coger un sitio en uno de los mejores restaurantes del mundo con vistas.
Parece
que esta ciudad si que me está aportando cosas…y es que las
apariencias engañan.
205
km, 5 horas en la moto.
















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