jueves, 1 de noviembre de 2012

17 de julio. Spakenes-Tromso

Jueves, 17 de julio de 2008.
Spakenes-Tromso
Me dan permiso para salir a las tres, así es que tras amanecer sobre las nueve, aprovecho para coger la cámara y dar una vuelta. Hay una temperatura suave y estupenda. Asciendo la colina buscando vistas y me encuentro lo que queda de una fortificación de la segunda guerra mundial como las que pueblan toda la costa Noruega donde los alemanes retenían sobre todo a soldados rusos.

 
 
 
 
 
Finalmente consigo salir a la una. Al poco de partir lo que era una apacible mañana se torna en una tormentilla y una fina lluvia.
Como pronto y cerca, para variar; hoy salmón, veintitantos kr unos 26 euros por un lomo de salmón más bien pequeño con su guarnición de patata cocida y verdura. No obstante, con un toque exquisito.
Continúo viendo pasar el asfalto por debajo de mis botas, mientras sigo deslizándome pegado a la costa de otro flipante fiordo, admirando las turgentes y chorreantes paredes que me rodean.
Por la tarde el tiempo mejora hasta hacer demasiado calor. Veo en Skibot una súper cascada y tomo un empinado camino que se dirige hacia ella buscando quizás una mejor vista hasta una cancela que aunque no tiene candado e imagino sea para impedir se salga el ganado opto por no aventurarme más allá pues mis circunstancias no son las más idóneas para tentar a la suerte. El cartel de la puerta parece claro pero…
 
 
 
 
Doy la vuelta como puedo, es decir, con mucho cuidado y al descender a la carretera pregunto a una pareja de abuelitos por el camino correcto para llegar hasta la parte superior de la cascada pero no me entienden. Aún así me remiten a la cabaña de al lado.
Allí me dirijo y antes de pisar el porche sale extrañado un chaval joven. Hay que decir que aunque parezca que nunca hay nadie, que nadie nos ve y que podemos llegar a las casas sin la percepción de sus dueños, es un craso error. En varias ocasiones lo he comprobado. Veo que tiene una naked de 600 en su jardín y al explicarle lo que pretendo me comenta que ese camino es el que más se acerca pero que no llega hasta el filo de la cascada, me pregunta por el origen y los pormenores de mi viaje y hablamos un poquito sobre las motos en Noruega. Casi todo el mundo tiene su moto de nieve en el jardín esperando al blanco manto y me habla de lo que eso le gusta y la ausencia casi de obstáculos cuando varios metros de nieve lo tapan casi todo.
Sigo mi camino, se ha quedado una tarde magnifica y perfecta para montar en moto. Entro en una ancha garganta con una lengua de agua a mi izquierda, los reflejos son brutales. Mientras atravieso un pequeño pueblo que consiste en una fila de casas a ambos lados de la carretera.
No puedo resistirme a detenerme una vez más a intentar capturar con mi reflex este momento. Lo hago entre dos casas y mientras me deleito con la escena sale un hombre de una de las casas con una carretilla de leña que deposita en un cajón, justo a mi lado.

 
Rozará la cincuentena, es rubio, pelo a media espalda, barba, bigote y 1,80. En fin, un vikingo en toda regla.
Deja el carro en el suelo y me saluda al estilo Noruego, con un ”hey” (hola) y entablamos una conversación en inglés, perfecto por su parte y guarreras por la mía, hecho que me sirve para interesarme por la vida allí. Le afirmo lo que el ya sabe, que vive en un sitio privilegiado; me llama la atención que les encante su invierno, frio y oscuro. Se interesa por mi viaje.
La gente aquí es extremadamente amable. Las prisas, aquí, no tienen mucha cabida.
Me desea un buen viaje. Me despido como un buen aprendiz de noruego. Tag y heydo; gracias y adiós.
Sigo ruta, al rato comienza por enésima vez ya hoy a cambiar el tiempo, se empieza a nublar hasta que a la llegada a Tromso, el cielo amenaza lluvia. Tronso es una isla, y tiene un majestuoso puente a la entrada y otro en el lado opuesto. A simple vista parece otra ciudad más, de estas grandes que intento esquivar, no parece que tenga mucho que aportar…

 
 
Decido buscar sitio aquí para pasar la noche y para ello busco la oficina de turismo que está a punto de cerrar.
Lo voy bordando, ya que ese fin de semana hay en la ciudad un festival Rock. Consecuentemente los precios son carísimos y no quedan habitaciones en toda la ciudad por debajo de 100 euros. En un último intento, y en el sitio más barato de la ciudad, según el señor, queda una habitación. Se trata del hotel Ami que dista de allí a 5 minutos en lo alto de una colina por 45 euros. Como llegaré cuando se hayan ido, me dan unas claves para pasar al hotel y abrir una caja fuerte para acceder a la llave de la habitación.
Llego al hotel en un momento y todo está donde me dijeron que estaría. Descargo el equipaje me cambio de ropa, agarro la cámara y me dispongo a aprovechar lo que queda de tarde. Salgo del hotel, cruzo la calle, me apoyo en el pasamanos desde el que se ve la parte de abajo de la ciudad, y… ¿ahora qué? No se por donde empezar. Una chica sube por las escaleras que unen la parte inferior y superior. Le corto el paso y le pregunto.
Insisto, la gente por estos lares es extremadamente amable y cortés. Se llama María y 20 minutos de tertulia sirven para ponernos al día sobre lugares para ver, qué hace en la ciudad, qué hago yo, hablamos de Noruega, de España y no se que más…me pregunta cuando dejo la ciudad y que mañana viernes hay concierto y que algo de tronso me puede enseñar pero le digo que al día siguiente marcharé. Tras agradecerle toda la información facilitada y la grata conversación, nos despedimos y sigo sus instrucciones para llegar al centro y pasear por allí mientras pienso en si habré hecho bien dejando escapar la oportunidad de conocer gente noruega, pero a estas alturas ya voy justo de días.
 
 
A todo esto las nubes y las cuatro gotas que han caído a la llegada han desaparecido y a aparecido una luz muy agradable. Compro en un supermercado algo de fruta y un yogurt de esos que tanto me están cautivando con arroz y frutas y me dirijo al puerto a coger un sitio en uno de los mejores restaurantes del mundo con vistas.
 
 

No lo puedo remediar pero me vuelvo a acostar tarde, pero es que esa luz…
Parece que esta ciudad si que me está aportando cosas…y es que las apariencias engañan.
205 km, 5 horas en la moto.

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