Sábado, 26 de julio de 2008,
Bjorli-Olden;
Me levanto a las 10. Estoy doblado. Son ya muchos días fuera de
casa, durmiendo cada día en un sitio distinto, y no recuperando.
Aunque no haga muchos km al día, a la Xt no le importa, pero a mi
cuerpo serrano si, ya que al ir parando cada dos por tres se hace muy
cansado. Me suelo despertar pronto y para acostarme me suelen dar las
doce o la una de la madrugada.
Parto a las 12 y me voy entreteniendo en las cascadas e iglesias del camino.
Los cementerios me parecen lugares muy especiales. No estoy acostumbrado a verlos así en España. No los rodean altos muros, ni tienen puertas con robustas rejas. Están muy bien cuidados y casi siempre están pegados a las iglesias.
Bajo un puerto de montaña curveando con relax. Durante una treintena de km más llaneo mientras se abre el valle, y el río que llevo zigzagueante a mi izquierda se calma.
Me paso unos pocos km el desvío y me toca volver. Ahora sí, tomo
una carretera con buen firme pero más estrecha. Me llevará al
Trollstigen, la “carretera de los trolls”. Rápidamente entro en
la parte abierta de una herradura de montañas a mis lados que raudas
ganan gran altura, unos 1300 metros. Ahora hay otro río, esta vez a
mi derecha, y un tupido manto verde lo cubre todo hasta media altura.
Me detengo a capturar alguna foto en un parking que hay justo al
inicio de la fuerte subida.
Veo que hay algunas personas mirando con prismáticos a la pared de
enfrente, mas no le doy importancia. Cuando de repente oigo gritos de
sobresalto, me giro y veo que un individuo se ha tirado desde lo alto
de dicha pared. No me da tiempo a sacar foto. Yo me sobresalté
también y vi en el último instante antes de perderlo de vista que
desplegó un paracaídas, acercándose dulce y grácilmente hasta
donde estábamos todos. Después de un suave aterrizaje la gente le
aplaudió y se acercó a darle la enhorabuena.
Inicié el ascenso de la divertida y espectacular carretera, pero los ojos no me daban abasto. El bramido del agua aumentaba por momentos. Es emocionante y espectacular. Sólo un pero, y es que esta carretera a estas horas tiene mucho tráfico.
Preciosas vistas. En uno de los miradores me encontré con dos parejas de motoristas que ya había visto enfrente del camping de Bjorli. Allí, mientras me ponía los guantes y el casco montado en la moto vi por el retrovisor cómo el chaval me hacía una foto de mis espaldas creyendo que no me daba cuenta. Me imagino que de la matrícula. Entablé entonces conversación con uno de ellos, alabando su preciosa suzuki y le pedí permiso para retratarla. Me contaron que estaban de vacaciones, que en una moto viajaban su mujer y él y en la otra su hijo con su novia. Sanas costumbres tienen por aquí, pensé.
Arriba del todo una tienda de souvenirs rodeada todavía de algunos neveros y pasos de nieve. Un sitio precioso.
Cambio de vertiente e inicio el descenso hacia el Jordbaerdal, el
valle de la fresa. Bajo a un ritmo alegre y relajado disfrutando del
paisaje y la carretera. Me echan las ráfagas; al tercero que lo hace
me mosqueo bastante. Aquí todavía tienen la costumbre de avisar de
los radares. Y en una de las largas rectas de la ya desierta
carretera y cuando menos me lo espero veo una señal de 40 en medio
de la nada y al fondo un autobús parado fuera de la carretera. La
moto la he dejado ir en las casi interminables pendientes y va a unos
80 km/h. Comienzo a reducir suavemente la velocidad, no veo ningún
coche en los arcenes. Delante del autobús una curva a izquierdas no
demasiado cerrada. Hay turistas que se suben a él, y al fijarme un
poco más y mezclado entre ellos… ¡alucina vecina!: ¡un policía
sentado en una silla de camping con un trípode y un radar! Pisotón
al freno sin saber a cuanto iba. Bueno, ya se cómo son los radares
noruegos. En el día vería otros tres más en los más variopintos
lugares.
Paro a comer pronto. Entiendo poco de la carta, así es que voy a lo
seguro; un filete con patatas y ya que estamos en el valle de la
fresa pues una de guarnición. Son más pequeñas que las españolas,
más redondas y rechonchas. Son carnosas y muy dulces. Exquisita.
El valle está lleno de cultivos de este sabroso rubí comestible y a los lados de la carretera bastantes puestos que venden tarrinas. Es temporada de recolección y la gente se afana en esta época en recogerlas. Me quedé con ganas de comprar una pues no me parecieron caras para ser Noruega, unos 4 o 5 euros, eso si, recién cogidas y si están frescas pues…
Llego al primer ferry del día. En la cola se dirige a mí uno de los
tantos curiosos que despierta la moto y su matrícula. Lo hace en
castellano con acento latino, e intercala palabras en
inglés-americano y castellano. Me cuenta que es noruego pero ha
estado años viviendo en Miami. Él también tiene moto, me dice que
también es Yamaha, una Yamaha Transalp, jeje, si, es muy famosa...
Tiene el brazo en cabestrillo, se ha caído por las escaleras de su
casa, y al parecer su mujer no le deja montar en moto. Al final me
reconoce que le gusta mucho el vino, y si es español mucho mejor.
Bien, eso explica lo del brazo, lo de la moto, y que el color de su
toña sea el del tomate.
Rodeo de nuevo bellos fiordos, pero esta vez con un sol radiante y
con una temperatura que me pide aligerar ropa y abrir cremalleras.
La zona es muy turística y comienza a estar bastante transitada.
Después de tantos días por solitarios parajes me chirría un poco
esta nueva situación.
Las pequeñas poblaciones parecen sacadas de una postal.
El fiordo que atravesamos está como un plato.
Al desembarcar del ferry salgo de los primeros pero pronto paro para
dejarles pasar y dejarles algo de ventaja pues me agobian un poco.
Inicio otro ascenso entre bosques y montañas y al rato y sin esperarlo llego al famoso Geiranger. No sé muy bien como describirlo. Diré, sólo, que es muy pero que muy grande. Es curioso, pero he oído durante el viaje a personas decir que esta región de la tierra, aunque bonita, tanto de lo mismo cansa y aburre, pero os aseguro que aunque llevo cientos de km por estas zonas, a mi no me harta en absoluto.
Me detengo en uno de los miradores, pues en marcha es bastante
peligroso, ya que hay demasiadas cosas que ver y no te puedes
concentrar en lo importante.
Prosigo el descenso con una inusitada alegría en mí, y en cuanto
pierdo la cuenta de las curvas de 180 grados que llevo noto, de
repente, cómo el freno trasero se vuelve esponjoso, y deja de hacer
su función. No es la primera vez que me pasa, por lo que no me
asusto en exceso. En las últimas rampas del puerto aminoro el ritmo
y dejo toda la responsabilidad de la detención al freno delantero.
Ya en el puerto descanso y refrigero el freno y el culete.
¿Te puedo ayudar?
Realmente no se si seguir; si el paraíso existe, no debe andar muy
lejos. Me dan ganas de hacer noche aquí. Debe ser uno de los sitios
con más alojamientos de Noruega. Por todos lados hay carteles que
salpican la montaña. Pero hoy he avanzado muy poco. Por la mañana
he parado mucho y ya apenas me quedan días.
Decido continuar.
De nuevo toca subir. El freno trasero ya ha recuperado su tacto y
funciona de nuevo.
Subo el puerto empapándome de la hermosa luz.
Para evitar los males de otros días, no debo tardar mucho más en buscar alojamiento. Justo al coronar el puerto, me encuentro con el enésimo paraje de cuento de hadas. Se llama Dalsniba o algo así. De aquí parte una pista a la izquierda, que sigue ascendiendo hasta un mirador, pero cuesta 45 nok. Si tuviera la tienda de campaña, pasaría ahí la noche…
Para evitar los males de otros días, no debo tardar mucho más en buscar alojamiento. Justo al coronar el puerto, me encuentro con el enésimo paraje de cuento de hadas. Se llama Dalsniba o algo así. De aquí parte una pista a la izquierda, que sigue ascendiendo hasta un mirador, pero cuesta 45 nok. Si tuviera la tienda de campaña, pasaría ahí la noche…
A la derecha se encuentra el único alojamiento de las inmediaciones.
Paro a preguntar. Es un poco caro pero el sitio lo merece. No
obstante el tipo comienza a dar vueltas, es como si no quisiera
alquilarme la habitación.
Bueno, sin alterarme ni una mica, que llevo ya muchos km en el culete
hasta llegar aquí, me doy media vuelta y continúo mi camino.
Llego a un cruce, en el que los dos ramales van a dar al mismo lado.
Sin que sirva de precedente, debido a las horas y al cansancio, elijo
el camino corto. De nuevo toca bucear por varios eternos túneles que
atraviesan varias montañas. Entre túnel y túnel observo lo que
sería digno de una caminata, pero en estas condiciones “no a
lugar”.
Prosigo camino disfrutando mucho de la carretera, de la temperatura, de la luz y del maravilloso paisaje hasta Olden.
230 km, 9 horas de moto.







































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