Lunes, 28 de julio de 2008;
Stavanger-Kristiansand;
Hoy aprovecho para recosconearme un rato más en la cama de este
limpio, tranquilo y cómodo albergue. A las 10 decido que ya es
suficiente. Desayuno y aprovecho para reservar con las amables chicas
del albergue, el ferry para el día siguiente.
He decidido volver a casa por el sitio más corto sacrificando alguna carretera que traía apuntada y Oslo, rodeando toda la costa. Tendrán que esperar para otra ocasión. Es un día especial. He traído conmigo por media Europa, mis botas para caminar, pese al gran espacio que ocupan, y pensando en realizar alguna excursión. Teniendo en cuenta la benigna meteorología, y que ya he dejado de lado alguna actividad que me apetecía hacer, bien sea por el tiempo bien por no haberla preparado con suficiente antelación, y si recordáis en el apartado de motivaciones, uno de mis sueños de niño, era ver en persona el famoso Preikestolen. Pues hoy es ese día. En el albergue me guardan en un cuarto el equipaje a buen recaudo, y vestido con ropa cómoda enfilo la carretera por el lado largo para evitar el ferry y disfrutar del paisaje. Llego al parking del turístico sitio y hoy toca pagar. Aunque te guardan el casco en una caseta, si quieres, no me arriesgo y lo dejo en la maleta de la moto. Me quito la ropa que me sobra y comienzo a patear colina arriba. No es la hora más propicia para afrontar una ruta como esta, pero esto es lo que hay. El tráfico de andarines es más que intenso. Vuelvo a escuchar español. Por el acento detecto raudo que uno de los autocares que ha “descargado” es de andaluces y otro de catalanes.
Extraña exposición de caravanas erótico festivas...
He decidido volver a casa por el sitio más corto sacrificando alguna carretera que traía apuntada y Oslo, rodeando toda la costa. Tendrán que esperar para otra ocasión. Es un día especial. He traído conmigo por media Europa, mis botas para caminar, pese al gran espacio que ocupan, y pensando en realizar alguna excursión. Teniendo en cuenta la benigna meteorología, y que ya he dejado de lado alguna actividad que me apetecía hacer, bien sea por el tiempo bien por no haberla preparado con suficiente antelación, y si recordáis en el apartado de motivaciones, uno de mis sueños de niño, era ver en persona el famoso Preikestolen. Pues hoy es ese día. En el albergue me guardan en un cuarto el equipaje a buen recaudo, y vestido con ropa cómoda enfilo la carretera por el lado largo para evitar el ferry y disfrutar del paisaje. Llego al parking del turístico sitio y hoy toca pagar. Aunque te guardan el casco en una caseta, si quieres, no me arriesgo y lo dejo en la maleta de la moto. Me quito la ropa que me sobra y comienzo a patear colina arriba. No es la hora más propicia para afrontar una ruta como esta, pero esto es lo que hay. El tráfico de andarines es más que intenso. Vuelvo a escuchar español. Por el acento detecto raudo que uno de los autocares que ha “descargado” es de andaluces y otro de catalanes.
Mientras sorteamos mezclados los obstáculos en medio de un tupido
bosque sólo se nos escucha a nosotros. Me chirría bastante oír de
nuevo las lenguas de mi país tan lejos de casa, habida cuenta de que
llevo casi un mes escuchando, hablando y casi pensando en inglés,
pero sobre todo hacerlo en un bosque a grito pelao. Creo que somos de
lo peorcito…Ahora ya intuyo cómo se extinguieron los vikingos; por
las hordas de turistas…
Me encuentro extrañamente fuerte, y a mitad del duro y empinado
recorrido comienza a despejarse un poquito el camino. Las vistas son
muy buenas, y el día acompaña. Aprovecho las paradas para sacar
fotos.
Por fin llego a la famosa plataforma después de hora y media. El
sitio me impacta bastante, Como es costumbre, es mucho más
espectacular en vivo que en foto. Y además tiene el valor añadido
de haber cumplido mi palabra de niño de conseguir llegar hasta aquí,
aunque sea 22 años después.
Me siento un rato entre la gente, descanso y recapacito, y hago mil
fotos del lugar.
si coméis mucho plátano os pondréis así...
609 metros de caída...
calzado "todoterreno"...
Al dirigirme a la pequeña campeona me di cuenta que no entendía inglés. Su madre me explico que empezaban con este idioma en el cole a los seis años. Hablamos un rato sobre el sistema educativo del país. Poco de lo que nos cuentan o vemos en la tele parece que es cierto...
Casi casi la Gran Vía...
Tengo algo de hambre y no he traído nada de comer. Toca bajar, ahora a un ritmo bastante más ligero, cosas de la gravedad, imagino. Más o menos por la mitad me cruzo con Marta y Álvaro, y ahora si, nos despedimos.
Ya en el parking, agarro la moto y en pantalones cortos regreso. Por
el camino paro en el bar de un camping a comer algo; mientras los
noruegos preparan ya su cena yo todavía no he comido.
Vuelvo al albergue por el sitio corto, en el ferry. Mientras veo como
nos acercamos al puerto noto un pequeño nudo en el estómago. Hace
una tarde maravillosa, y lo que menos me apetece ahora es enfundarme
la ropa de moto y marcharme. Es muy curioso pero se me pasan muchas
cosas por la cabeza, y ninguna es volver a casa.
¿Doctor, qué me está pasando? Deseo que el tiempo se detenga, pero
como eso no va a ocurrir inspiro y me empapo de mil sensaciones y
detalles banales para intentar marcar en la memoria este momento.
Me encanta viajar, me encanta hacerlo en moto, y me gusta mucho
hacerlo fuera de España; me hace derribar mis estúpidos prejuicios
y olvidarme de las cosas, poco o nada importantes, que en el día a
día de nuestra rutinaria vida nos encontramos.
El momento de reflexión sólo es roto por las maniobras de atraque del ferry.
Me dirijo al albergue y cumplo con mi dura obligación de marchar.
Es tarde, alrededor de las 6, y enfilo la E39 hacia el sur a buen
ritmo disfrutando de cada haz de luz, de cada curva, de cada lago y
de cada montaña. Tengo un único objetivo, estar como sea, mañana a
las 8 de la mañana en el ferry reservado, y que parte de
Kristiansand. Sólo paro a repostar y cuando mi espalda me dice que
ya no puede más.
La oscuridad de la noche me va envolviendo, y todavía me quedan más
de 100 km.
La terminación de mi espalda me ruega hace rato que pare, pero no le
haré caso hasta llegar a nuestro objetivo. Sin prisa pero sin pausa.
Finalmente, llegamos a eso de las 11:30 al puerto y en la cola de la
taquilla hay tres o cuatro caravanas que harán noche allí.
En la ciudad, hablo con un Kurdo que regenta un local de Internet y
que amablemente me recomienda, dadas las horas que son, y como opción
económica dormir en un camping, en la playa o en el hotel al lado
del puerto. Allí me dirijo, en el camping, sin tienda no hay nada
que hacer, la playa no me da ninguna confianza y el hotel son 75
euros para dormir unas pocas horas, además me da miedo quedarme
dormido y no llegar al barco. Son las 12:30 y tengo que estar a las 6
en la taquilla. Me quedo en el puerto. Pongo la moto en la cola y me
meto en el saco de dormir en la acera debajo de unas escaleras
metálicas. Me tapo con la cazadora de la moto.
Me ha llamado la atención, que por primera vez en este país, he
visto un hombre mayor rebuscar en un contenedor. Es una ciudad
grande, industrial y de noche, fea.
668 km, 8 horas en moto.


















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