sábado, 3 de noviembre de 2012

31 de julio, Valenciennes (Francia) – Pamplona;



Jueves, 31 de julio de 2008
Valenciennes (Francia) – Pamplona;
Anoche me acosté muyyyyyyyyyy cansado, pero también muy contento. Contento porque me cundió y se dió bien. Hice más kilómetros de lo que hubiera imaginado hacer nunca en una sola etapa encima de una XT.
Hoy estoy molido, pero concienciado y decidido en lo que tengo que hacer.
Lubrico la cadena y le echo un vistazo a la moto. A estas alturas tengo la moto hecha unos zorros. Suena como una caja de grillos y he ido perdiendo algunos tornillos, tuercas y grupillas con las vibraciones. Eso si, el motor parece incansable, siempre da más de lo que le pido.
Así es que a la autovía a seguir dándole al mango.
Paso de largo Paris por su caótica circunvalación sin detenerme. Voy parando con cierta frecuencia. Ya en Burdeos paro a repostar y tomar algo. Son las once y no creo que llegue a Pamplona. Además es operación salida y la autovía va atascada.
Pero que demonios, no tengo otra cosa qué hacer esta noche. Así es que enfilo dirección a la frontera, esquivando como puedo la larga fila de franceses que huyen despavoridos. Sólo la ilusión y las ganas por llegar me hacen avanzar, pues hace mucho rato que no puedo más. Ignoro de dónde diantres saco las fuerzas, pero ya me da igual.
Ruedo por inercia y llego a Pamplona. Cuando me bajo de la moto son las cuatro y media de la mañana y casi me cuesta mantener la verticalidad. Se me ha olvidado cómo se anda…
Ahora si, lo he conseguido. Además he cumplido mi palabra. Es día uno de agosto, y estoy en España.


1080 km. 19 horas de moto.

30 de julio, Neumuster – Valenciennes;


Miércoles, 30 de julio de 2008
Neumuster – Valenciennes;
Me despierto a las 9:00, estoy molido, pero hay que levantarse. Una duchita y desayunar. Lo primero es cambiar la palanca de marchas, revisar y engrasar la cadena.

 
 
Y esta debe ser la última foto en ruta. A partir de ahora rodar y rodar o vivo en la carretera…
Me despido del dueño del hotel y retomo la autopista donde la dejé anoche dirección sur. Alterno gasolineras, áreas de descanso y carretera, mientras me doy cuenta de cómo va bajando en cada repostaje el precio del preciado combustible. Tantas horas en la moto sin mucho que ver sólo me deja la opción de pensar, o en mi caso de darle vueltas a las cosas. Salgo de Alemania y atravieso Bélgica.
Y ya por la noche, pues también noto como las horas de sol se van acortando drásticamente, busco alojamiento cuando ya hace rato que no se cómo ponerme encima de la moto. Estoy en Valenciennes, Francia.
Pierdo un buen rato buscando alojamiento y un mal entendido al preguntar por un lugar para pernoctar es todo lo que da de sí este tedioso día de autopista.
745 km, 12 horas en moto.




jueves, 1 de noviembre de 2012

29 de julio; Kristiansand - Hirtshals (ferry) – Neumunster;

Martes, 29 de julio de 2008;
Kristiansand - Hirtshals (ferry) – Neumunster;
Seis de la mañana ¡Vaya nochecita! Pensé que no iba a terminar nunca. Me he debido despertar tropecientas veces, no tenía aislante y por la mañana refrescó. Tengo los huesos molidos. Lo único que me preocupa es que hoy va a ser una larga etapa, y sin descansar…
Bien, me visto y recojo. Y me quito las legañas como los gatos. La fila tras de mi se hace larga. Me acerco a la moto y espero como un tonto. Las seis y media y nada, las siete y el personal de las taquillas comienza a ocupar posiciones, Detrás de éstas contemplo la majestuosa embarcación que nos llevará a Dinamarca. En un momento comienzan a andar todas las filas menos la mía. Para dos malditos vehículos que tengo delante consigo pasar a las 7:40, la chica de la taquilla me dice que me de prisa, que el barco no espera a nadie. Vuelo por la zona de embarque hasta otra fila.
Mientras espero en ésta, veo otras motos y me llaman la atención dos chavales jovencillos. Es su primer viaje fuera del país, van en sendas custom de 50 cc y sus caras reflejan ilusión, mucha ilusión. Van pertrechados con sus sacos de dormir y tienda de campaña. También hablo con el propietario de una goldwind preciosa forrada hasta los topes de extras, no le cabe ni un neón, ni un adorno más. Arrastra un remolque. Al comentarle que he visto alguno como ese por Alemania, se mosquea; se jacta de tener un trailer único en Europa, pues se lo hicieron a medida en los Estados Unidos, y eso, más traerlo y homologarlo le ha salido por 24000 euros. Más la moto, claro.

 
 
 
Por fin entro en la panza del gran buque y amarro la moto. A mi lado una BMW r 60 y su propietario hacen lo mismo. La moto en cuestión tiene 250.000 km y le hace el motor cada 150.000 km.

 
 

Quedamos para vernos luego y hablar.
Con puntualidad noruega el barco zarpa a las ocho en punto. La gente se amontona para ver cómo se aleja de la costa. La mar está como un plato y el sol, que ya calienta hace rato se refleja en todo cegando mis somnolientos ojos.
Me despido, con tristeza, de esta mágica región de la tierra, que no me apetece ni un ápice abandonar.

 
 
 
Quedan tres horas y media por delante de barco.
Bajo al restaurante y hoy si tengo que pasar por el aro, la última clavada noruega, además de esperar turno en la larga cola creada al efecto. Ahora viene la ardua tarea de buscar un sitio para sentarse. El comprar el billete menos caro trae estas cosas, que los asientos no están numerados y debes buscar acomodación por cualquier rincón. Me siento en la esquina de un sillón sin respaldo para desayunar, y me doy cuenta de que me caigo de sueño. No puedo más. Me tiro al suelo, apoyándome en el asiento. Amanezco media hora antes de llegar y doy un vistazo por las cubiertas. Al fondo Hirtshals, Dinamarca.
Se nota la tensión en la gente al ver cómo abandona sus posiciones para ocupar sus vehículos. Yo estoy en chanclas y pantalones cortos, y así bajo, tranquilo, mientras la gente ansiosa arranca sus motores antes del atraque. Me vuelvo a encontrar con Tieu, el propietario de la BMW, que me dice que me estuvo buscando; nos despedimos, pero quién sabe, si nos volveremos a encontrar.
Y así arranco, hasta las afueras del puerto, donde paro a equiparme.
Dinamarca, hace bastante calor, así es que me pongo en modo verano. Y a rodar…
Sudando como un pollo y aburrido me deslizo por la autovía a unos 110 km/h. De repente me pasa como una exhalación Tieu con su BMW y me pita, es inconfundible, con su mega cúpula, que ya quisieran para sí las vespas de correos. Rodamos juntos un rato a unos 120 km/h.

 
 

Es la una del mediodía y paramos a comer. Tieu me reconoce que se estaba durmiendo en la moto, y yo no andaba muy lejos tampoco.
Conversamos mientras comemos. La verdad es que a priori tiene cara de pirao, pero hablando con él la cosa cambia. Es holandés; me parece un tipo interesante. Resulta una conversación enriquecedora. Después continuamos la charla en una sombra cerca de las motos y de postre una breve cabezada. Me recomienda que lea un libro sobre motos y mecánica. Y aquí se separan nuestros caminos, el lleva un ritmo infernal, dice que hace medias de 160, y que no le aprieta más para conservar la mecánica, ¿? Yo proseguiré a otro ritmo, también infernal, pero a velocidades legales.
Me voy acoplando en la moto como puedo, después de comer y al sol, en la E39 dirección sur.
Sólo me detengo en Arhus a comprar algún pequeño recuerdo. Pierdo demasiado tiempo.

 

Dudo seriamente que llegue el día acordado a casa, pero si algo he aprendido en este viaje es a no ponerme la venda antes de que me aticen. Me escondo detrás de la útil cúpula y me auto-convenzo que no voy a parar aunque me duela el trasero, la espalda, la muñeca, se me duerma el antebrazo o lo que sea.
Cambio la E39 por la E45. El sol es muy molesto, ya que bajo directo al sur y lo tengo todo el día enfrente, y salvo en las horas centrales del día, que desaparece en lo alto y me da descanso, el resto del tiempo a media altura me va destrozando los ojos. Por otro lado he usado el astro rey como brújula, y en pocas ocasiones esta técnica me ha fallado, rectificando y dando la vuelta al instante.
Ciudades como Alborg, Arhus o Holding de Dinamarca, dan paso a Flensburg, Dudelsdorf o Neumunster en Alemania.
Pero ha sido un día muy largo y muy duro, la noche me envuelve ya hace rato y en esta última población me salgo de la autoban (autovía). Son ya las once y media, y por las calles no hay gente.
Comienza el espectáculo…
Paro a preguntar en una gasolinera y una mujer me hace un esquema de dos hoteles baratos. “¡Ohhhh! Español… yes, Mallorca”. Si, señora, Mallorca, “dankesen y chus”. (Muchas gracias y adiós). Se supone que un km más allá, en el tercer semáforo giro a la izquierda, hago la curva, paso por encima de la vía del tren y al momento, ¡bingo!, digo, ¡mierda!, me he perdido, entro de cabeza en una oscura y tétrica calle con árboles a los lados. Bien, ya lo estoy viendo, esta noche acaba en tragedia…
Veo a la derecha unas sombras, cerca de la tenue luz de una farola. Son dos preciosas, jóvenes y rubias chicas. Vienen por mi acera. Paro a preguntarles y les enseño el esquema. Me confunden con un inglés, jeje, debe ser la oscuridad. ¿De donde eres? De España. ¡Ohh! Si, España… de sus finos y rojos labios creí que iban a salir esas mágicas palabras, “OH, si, El Prado, el Museo Thyssen”, pero no, de sus labios salió “OH, si España, Ibiza” No pude por menos que descojonarme de la risa…
Estuvimos unos 8 o 10 minutos hablando en mal español y peor inglés sobre el país del sol, y después me indicaron la comisaría de policía pues no conocían otra cosa. Por lo menos eché unas risas.
Estaba rendido, quería llegar donde fuera, ya.
Enseguida encontré la comisaría de policía, y fui a subir la moto a la acera, pero no podía ni con mi alma y di un traspié, la moto y yo al suelo…
Paré raudo el motor, empezó a oler a gasolina y cerré el grifo del depósito. Miré a mí alrededor y todo era oscuridad, penumbra y soledad. Intenté levantarla, pero no podía pasarla de las rodillas. Un par de intentos sirvieron para darme cuenta de la inutilidad de mis actos.
Escuché entonces a mi espalda, en la otra acera, una bici. ¡Estaba salvado! El señor se detuvo y me dijo algo en alemán. A lo que le contesté “sir, please, can you help me?” (Señor, por favor, ¿puede ayudarme?) El hombre se quedó mirándome sin hacer nada, y yo sin entender la situación. ¿A qué demonios esperaba para echarme una mano? El caballero, entonces, me señalo la comisaría y se bajo de la bici (¡Por fin! pensé). Se bajo al asfalto, bajó en peso su bici, se subió y se fue sin mediar palabra dibujando amplias eses cómo si no hubiera visto nunca a nadie.
Miré a mí alrededor buscando la cámara oculta, sin éxito.
Me descojoné de risa, ni yo mismo me creía lo que me estaba pasando.
No había elección, entré en la comisaría. Había una agente sin galones en el hombro y un policía bajito con un galón verde. Me dirigí a ambos en inglés, “buenas noches, se me ha caído la moto al suelo, ¿pueden ayudarme a levantarla?”
Se quedaron callados mirándose, ¿Cómo? Tuve que repetírselo dos veces más y gesticular con la mano. No parecían entenderme. El policía salió conmigo y entendió lo que pasaba. Se llama Eagle, es más bajito que yo pero está cuadrado. Sin pensárselo, engancha del manillar y casi no hice fuerza para levantar la moto. Me dio una goma negra del suelo y me preguntó si era de la Yamaha. Pensé que no, pero al estudiarla un instante me resultó muy familiar. Era un trozo de la palanca de marchas partida; la buena noticia era que mi débil soldadura para evitar que la palanca se doblara o rompiera otro elemento, había funcionado. La mala es que así difícilmente iba a conseguir subir de marcha.
Eagle me dijo que la moto se podía guardar en la comisaría esa noche si no funcionaba. Conseguí arrancarla después de quitarle el ahogo. Bien, pero lo que me trajo a la comisaría en un principio fue buscar ayuda para buscar alojamiento. Pasamos a la comisaría de nuevo, e Eagle cogió una guía de teléfonos, mientras me preguntaba mi presupuesto, ¿poco? Llamó al hotel que me recomendó la señora de la gasolinera y eran 90 euros. Mientras llamaba a otro par de sitios, crucé las muñecas y les dije que había pensado robar un banco para dormir gratis en el calabozo. La agente me miró fijamente sin mover ni un solo músculo de su cara, mientras me comenzaron a caer los sudores fríos, Eagle se reía. Consiguió otro sitio a 75 euros y el tercero por unos 50 con desayuno, mientras cerraba la operación en alemán, me escribió el precio en un papel antes de confirmárselo a su interlocutor. Por supuesto le dije que sí con la cabeza, ya que dadas las horas que eran, el sitio y las circunstancias, por ese precio no iba a encontrar nada. Para colmo arrancó el coche de policía y me guió por la ciudad mientras yo le seguía con la moto, subiendo las marchas con la puntita de la bota, hasta la mismísima puerta del hotel. Llamó a la puerta de éste, que estaba todo apagado y al momento salió el dueño. Eagle, le dijo algo en alemán, se volvió y me deseó buen viaje. Se despidió mientras le ofrecí mi mano y le di mil gracias por todo lo que había hecho por mí. De nuevo tuve mucha suerte de encontrar a alguien así.
El señor del hotel, al que habíamos sacado de la cama, me acompañó a la parte trasera para guardar la moto, descargué las alforjas, y me subió a la habitación. Por cierto, excelente.
En gallumbos, me senté en el filo de la cama intentando asimilar todo lo que me había pasado hoy, y repasando mentalmente lo que me quedaba por recorrer. Era tarde y había sido un día duro. Cómo diría mi amigo Luís, estaba hecho bicarbonato.

 

558 km, 10 horas en moto.


28 de julio; Stavanger-Kristiansand;


Lunes, 28 de julio de 2008;
Stavanger-Kristiansand;
Hoy aprovecho para recosconearme un rato más en la cama de este limpio, tranquilo y cómodo albergue. A las 10 decido que ya es suficiente. Desayuno y aprovecho para reservar con las amables chicas del albergue, el ferry para el día siguiente.

Extraña exposición de caravanas erótico festivas...

 
 
 

He decidido volver a casa por el sitio más corto sacrificando alguna carretera que traía apuntada y Oslo, rodeando toda la costa. Tendrán que esperar para otra ocasión. Es un día especial. He traído conmigo por media Europa, mis botas para caminar, pese al gran espacio que ocupan, y pensando en realizar alguna excursión. Teniendo en cuenta la benigna meteorología, y que ya he dejado de lado alguna actividad que me apetecía hacer, bien sea por el tiempo bien por no haberla preparado con suficiente antelación, y si recordáis en el apartado de motivaciones, uno de mis sueños de niño, era ver en persona el famoso Preikestolen. Pues hoy es ese día. En el albergue me guardan en un cuarto el equipaje a buen recaudo, y vestido con ropa cómoda enfilo la carretera por el lado largo para evitar el ferry y disfrutar del paisaje. Llego al parking del turístico sitio y hoy toca pagar. Aunque te guardan el casco en una caseta, si quieres, no me arriesgo y lo dejo en la maleta de la moto. Me quito la ropa que me sobra y comienzo a patear colina arriba. No es la hora más propicia para afrontar una ruta como esta, pero esto es lo que hay. El tráfico de andarines es más que intenso. Vuelvo a escuchar español. Por el acento detecto raudo que uno de los autocares que ha “descargado” es de andaluces y otro de catalanes.
Mientras sorteamos mezclados los obstáculos en medio de un tupido bosque sólo se nos escucha a nosotros. Me chirría bastante oír de nuevo las lenguas de mi país tan lejos de casa, habida cuenta de que llevo casi un mes escuchando, hablando y casi pensando en inglés, pero sobre todo hacerlo en un bosque a grito pelao. Creo que somos de lo peorcito…Ahora ya intuyo cómo se extinguieron los vikingos; por las hordas de turistas…
Me encuentro extrañamente fuerte, y a mitad del duro y empinado recorrido comienza a despejarse un poquito el camino. Las vistas son muy buenas, y el día acompaña. Aprovecho las paradas para sacar fotos.

 
Por fin llego a la famosa plataforma después de hora y media. El sitio me impacta bastante, Como es costumbre, es mucho más espectacular en vivo que en foto. Y además tiene el valor añadido de haber cumplido mi palabra de niño de conseguir llegar hasta aquí, aunque sea 22 años después.
Me siento un rato entre la gente, descanso y recapacito, y hago mil fotos del lugar.



Alemanes y sus perritos...
 
 
 
 

si coméis mucho plátano os pondréis así...

 
 

609 metros de caída...


calzado "todoterreno"...


Al dirigirme a la pequeña campeona me di cuenta que no entendía inglés. Su madre me explico que empezaban con este idioma en el cole a los seis años. Hablamos un rato sobre el sistema educativo del país. Poco de lo que nos cuentan o vemos en la tele parece que es cierto...

 
 

Casi casi la Gran Vía...

 

Tengo algo de hambre y no he traído nada de comer. Toca bajar, ahora a un ritmo bastante más ligero, cosas de la gravedad, imagino. Más o menos por la mitad me cruzo con Marta y Álvaro, y ahora si, nos despedimos.
Ya en el parking, agarro la moto y en pantalones cortos regreso. Por el camino paro en el bar de un camping a comer algo; mientras los noruegos preparan ya su cena yo todavía no he comido.
Vuelvo al albergue por el sitio corto, en el ferry. Mientras veo como nos acercamos al puerto noto un pequeño nudo en el estómago. Hace una tarde maravillosa, y lo que menos me apetece ahora es enfundarme la ropa de moto y marcharme. Es muy curioso pero se me pasan muchas cosas por la cabeza, y ninguna es volver a casa.

 
 
 
 
¿Doctor, qué me está pasando? Deseo que el tiempo se detenga, pero como eso no va a ocurrir inspiro y me empapo de mil sensaciones y detalles banales para intentar marcar en la memoria este momento.
Me encanta viajar, me encanta hacerlo en moto, y me gusta mucho hacerlo fuera de España; me hace derribar mis estúpidos prejuicios y olvidarme de las cosas, poco o nada importantes, que en el día a día de nuestra rutinaria vida nos encontramos.

 

El momento de reflexión sólo es roto por las maniobras de atraque del ferry.
Me dirijo al albergue y cumplo con mi dura obligación de marchar.
Es tarde, alrededor de las 6, y enfilo la E39 hacia el sur a buen ritmo disfrutando de cada haz de luz, de cada curva, de cada lago y de cada montaña. Tengo un único objetivo, estar como sea, mañana a las 8 de la mañana en el ferry reservado, y que parte de Kristiansand. Sólo paro a repostar y cuando mi espalda me dice que ya no puede más.
La oscuridad de la noche me va envolviendo, y todavía me quedan más de 100 km.
La terminación de mi espalda me ruega hace rato que pare, pero no le haré caso hasta llegar a nuestro objetivo. Sin prisa pero sin pausa.
Finalmente, llegamos a eso de las 11:30 al puerto y en la cola de la taquilla hay tres o cuatro caravanas que harán noche allí.
En la ciudad, hablo con un Kurdo que regenta un local de Internet y que amablemente me recomienda, dadas las horas que son, y como opción económica dormir en un camping, en la playa o en el hotel al lado del puerto. Allí me dirijo, en el camping, sin tienda no hay nada que hacer, la playa no me da ninguna confianza y el hotel son 75 euros para dormir unas pocas horas, además me da miedo quedarme dormido y no llegar al barco. Son las 12:30 y tengo que estar a las 6 en la taquilla. Me quedo en el puerto. Pongo la moto en la cola y me meto en el saco de dormir en la acera debajo de unas escaleras metálicas. Me tapo con la cazadora de la moto.
Me ha llamado la atención, que por primera vez en este país, he visto un hombre mayor rebuscar en un contenedor. Es una ciudad grande, industrial y de noche, fea.
668 km, 8 horas en moto.

27 de julio; Olden-Stavanger


Domingo, 27 de julio de 2008;
Olden-Stavanger
Amanece otro espectacular día y además despejado y sin atisbo de lluvia. Y amanezco temprano. A las 9 ya estoy en marcha. Desayunaré en ruta. Es domingo y se nota. No hay apenas, ni un cristiano, ni un protestante a la vista.
Subo y bajo puertos con deleite rumbo a Bergen. Tengo bastantes expectativas con este sitio. Intentaré llegar hasta allí y hacer noche.

 
 
 
Anoche estuve reflexionando y las cuentas no me salen. Di mi palabra de estar el día uno de agosto en casa, estoy todavía muy arriba, quedan muchos km por delante, unos 3600 km, y muchas cosas por ver. Debo sacrificar destinos, el tiempo de turismo se me ha acabado, y es una pena pues estoy en una de las zonas que más tiene que ofrecer el país.
Ruedo tranquilo y ligero, pensando en mis cosas. Me dejo llevar bajando un puerto, curveando y disfrutando del nuevo y limpio asfalto, de hecho todavía no tenía pintadas ni las líneas ni puesta la señalización.
Reflexiono sobre uno de los miedos que tenía antes de salir; en un viaje tan largo seguro que habría errores de conducción o sustos debidos al cansancio, distracciones…
Bueno, pues aquí llegaría el primero de mención. Excesivamente confiado en la desconocida carretera veo al fondo, entre las montañas, parte de otro fiordo, y de repente una curva de noventa grados. La trazo demasiado deprisa, apurando todo lo que me da la calzada y el imaginario arcén, sin problema. A la salida de la curva, en frente mía aparece una rotondita. Pisotón a los dos frenos. La moto se empieza a cruzar de atrás de golpe, veo lentamente como pierdo el horizonte y comienzo a ver el cielo. La rueda trasera está bloqueada y desliza, casi puedo verla por el rabillo del ojo derecho. La calzada está sucia por las obras. Los milisegundos se suceden casi eternos, e irremediablemente me veo irrumpiendo en la rotonda, o en el suelo. Voy haciendo contramanillar pero siento cómo estoy perdiendo el control.
Instintivamente suelto el freno delantero al notar cómo el tacto de la dirección se vuelve muy esponjoso y la rueda delantera comienza a flotar. A continuación suelto el freno trasero y la moto se me cruza bruscamente al otro lado. Veo como un par de coches entran en la rotonda y reduzco una velocidad mientras piso de nuevo el freno trasero. No hay espacio físico suficiente para detener la moto a tiempo. Como un flash pasan por mi cabeza multitud de pensamientos y diría yo que imágenes. Veo muy cerca el final del viaje. La cosa es que el coche me ve y frena, y yo paso delante suya a dos cuartas de su parachoques como una exhalación, dando bandazos y derrapando con la maldita arenilla de la sucia rotonda, hasta que consigo controlar, aún no se cómo, la moto.
Sin parar, levanto una mano en señal de disculpa y aprovecho para buscarme el corazón que a estas alturas no se ande andará. ¡Uffffffff! Ha estado muy cerca.
Y es que, esto me hace recordar que cualquier error en un viaje de este tipo te puede arruinar la aventura.
En breve llego al ferry que me cruzará al otro extremo del fiordo. Llego antes de lo que pensaba a Bergen y aparco la moto delante de la oficina de turismo. Una marea de gente inunda las instalaciones y alrededores a esta. Después de una larga cola me informan de que el funicular que sube a una colina cercana está cerrado por obras. Los alojamientos son bastante caros, pero hay un albergue aquí al lado. Aprovecho para comer a una hora prudente sin perder de vista mucho tiempo la moto, cargada casi hasta los topes. Es uno de los sitios más turísticos y famoso de Noruega. Pruebo suerte en el mercado al aire libre que hay enfrente, en el puerto. Después de dar una vuelta oigo castellano de nuevo, chavales y chavalas estudiantes que trabajan en los puestos en verano para sacarse unas pelillas. Opto por el recomendado en todas las guías “pescado y patatas”. Una pequeña bandeja de cartón, con una base de patatas fritas y cubiertas a duras penas por dos lomos rebozados de algo. 100 nok, unos 12 euros de nada. Le comento a la chica que me atiende, mientras le pago, que vaya precios, a lo que me contesta sin despeinarse que “es lo que hay, esto es Noruega”, jeje, y yo pensando que los tontos sólo abundaban en mi tierra…
Un poco insultado y con cara de tonto me siento a comer el prometedor manjar.
Lo rebozado resultan ser dos lomillos de merluza congelada de cualquier supermercado. Además el aceite de la freidora debe tener más km que el de mi moto y emana cierto sabor a fritanga de feria. Definitivamente este no es el mejor sitio para degustar el pescado noruego.
Bien, me dispongo a buscar alojamiento en el albergue recomendado. Más de lo mismo. Parece que la señorita que lo atiende y yo no hablamos el mismo inglés. En seguida busca con su mirada al siguiente de la fila, pero yo no me muevo. Un chico detrás de mí se presta a traducirme con mayor precisión. La chica, asqueada me dice que está completo mientras llama al siguiente. ¡Afuuuuuuu! ¡Vaya día! agradezco a mi interlocutor su ayuda y me voy dando recuerdos en castellano antiguo.
De nuevo a la oficina de turismo, pero la cola, ahora, es más larga que antes. Veo alguna foto de la zona y leo algún cartel traducido al castellano con poca fortuna.
Definitivamente este no es mi sitio. Debe hacer unos 25-28 grados centígrados, me pesa todo, la protección de la espalda, la cazadora…estoy perdiendo el tiempo y me estoy agobiando bastante.
La moto sigue dónde estaba y cómo estaba pero no estoy a gusto.
Subo a una colina cercana salpicada de casas para contemplar las vistas y tomar aire y una decisión. Pues tomada.

 

Me voy. Cariacontecido y decepcionado busco la salida y en un semáforo un coche se para detrás mía. Veo cómo el conductor se baja apresuradamente y corre hacia mí. Ya no se si prepararme para darle un cate o qué. Me dice en inglés que colecciona matrículas del mundo y que si puede hacer una foto de la mía. ¡Vaya obsesión que tienen por aquí con las matrículas! En fin, me río y le digo que saque las fotos que quiera.
Salgo a carretera convencional con pocos vehículos, y me impongo un buen ritmo sin paradas. Hoy y ahora me apetece un montón montar en moto y no parar. Alcanzo de nuevo, por los pelos, otro ferry en Halhjeim. Me habían dicho que llegar hoy a Stavanger por carretera era inviable, que habría unos 500 km. Resultó ser una incorrecta información que no me bajo el ánimo ni un ápice. Sin saberlo a ciencia cierta, con este ferry, y sobre el mapa, parecía bastante más cerca. Cruzo una isla por la 545 adelantando coches y motos siguiendo a una pareja con sendas yamahas fj; él con una 1300 y ella con una antigua y preciosa 1200. Me siento cómodo con este ritmo más elevado y volamos por la sinuosa carretera convencional de nuevo por la E39 dirección sur.

 
 

Un túnel de unos ciento y pico metros por debajo del nivel del mar y otro ferry. Como siempre, en los ferrys, mientras te preparas para el desembarco hablas con la gente que va en moto.
Aprovecho para preguntar por una gasolinera, que ya voy en reserva hace un rato, y Herald, una chica se unos treinta y tantos, a lomos de una suzuki bandit, se presta a llevarme.

 
 
Cuando la moto comienza a dar sus últimos estertores de muerte en forma de tirones por la falta de combustible, llegamos a la gasolinera. Le pregunto si conoce algún alojamiento, económico, en Stavanger y tras consultar Internet en su móvil, que más se parecía a un ladrillo hueco doble, me dice que le siga. Y así lo hago. Nos separan de esta ciudad, famosa y rica por sus explotaciones petrolíferas, unos 40 km. Y de nuevo un mega túnel por debajo del agua. Pero esta vez de 3 carriles para cada sentido, con una línea doble continua que los separa, y que me provoca unos sudores fríos cada vez que me adentro en el tercer carril, que no os cuento. Me lleva directamente a un escondido camping; a su entrada hay un albergue. Me dice que entre a preguntar si hay sitio y si me convence. Y sí, me convence. Insisto en invitarle a tomar algo pero tiene que ir a recoger a su hija. Le agradezco enormemente su ayuda y nos despedimos. ¡Mil gracias Heradl!

 

Me instalo, y de nuevo mi gran pronunciación del inglés hace que unos madrileños me descubran. Son Marta y Álvaro. Se trata de una agradable pareja que han hecho una escapada por estos lares. Después de una necesitada ducha nos vamos hacia el centro a dar un paseo.

 
Me invitan a cenar en lo poco que queda abierto, algo así como un seven eleven y vemos una exposición fotográfica al aire libre mientras hablamos de nuestros viajes.

 
 
 
 

La noche no da para más, pues al día siguiente hay que seguir. Mañana nos veremos.
460 km, 11 horas en moto.

26 de julio, Bjorli-Olden;


Sábado, 26 de julio de 2008,
Bjorli-Olden;
Me levanto a las 10. Estoy doblado. Son ya muchos días fuera de casa, durmiendo cada día en un sitio distinto, y no recuperando. Aunque no haga muchos km al día, a la Xt no le importa, pero a mi cuerpo serrano si, ya que al ir parando cada dos por tres se hace muy cansado. Me suelo despertar pronto y para acostarme me suelen dar las doce o la una de la madrugada.

 

Parto a las 12 y me voy entreteniendo en las cascadas e iglesias del camino.


 Los cementerios me parecen lugares muy especiales. No estoy acostumbrado a verlos así en España. No los rodean altos muros, ni tienen puertas con robustas rejas. Están muy bien cuidados y casi siempre están pegados a las iglesias.

 
 

Bajo un puerto de montaña curveando con relax. Durante una treintena de km más llaneo mientras se abre el valle, y el río que llevo zigzagueante a mi izquierda se calma.
Me paso unos pocos km el desvío y me toca volver. Ahora sí, tomo una carretera con buen firme pero más estrecha. Me llevará al Trollstigen, la “carretera de los trolls”. Rápidamente entro en la parte abierta de una herradura de montañas a mis lados que raudas ganan gran altura, unos 1300 metros. Ahora hay otro río, esta vez a mi derecha, y un tupido manto verde lo cubre todo hasta media altura.
Me detengo a capturar alguna foto en un parking que hay justo al inicio de la fuerte subida.

 
 
 Veo que hay algunas personas mirando con prismáticos a la pared de enfrente, mas no le doy importancia. Cuando de repente oigo gritos de sobresalto, me giro y veo que un individuo se ha tirado desde lo alto de dicha pared. No me da tiempo a sacar foto. Yo me sobresalté también y vi en el último instante antes de perderlo de vista que desplegó un paracaídas, acercándose dulce y grácilmente hasta donde estábamos todos. Después de un suave aterrizaje la gente le aplaudió y se acercó a darle la enhorabuena.
¡Joder, que susto!!!

 

Inicié el ascenso de la divertida y espectacular carretera, pero los ojos no me daban abasto. El bramido del agua aumentaba por momentos. Es emocionante y espectacular. Sólo un pero, y es que esta carretera a estas horas tiene mucho tráfico.

 

 
 

Preciosas vistas. En uno de los miradores me encontré con dos parejas de motoristas que ya había visto enfrente del camping de Bjorli. Allí, mientras me ponía los guantes y el casco montado en la moto vi por el retrovisor cómo el chaval me hacía una foto de mis espaldas creyendo que no me daba cuenta. Me imagino que de la matrícula. Entablé entonces conversación con uno de ellos, alabando su preciosa suzuki y le pedí permiso para retratarla. Me contaron que estaban de vacaciones, que en una moto viajaban su mujer y él y en la otra su hijo con su novia. Sanas costumbres tienen por aquí, pensé.

 
 
 
 

Arriba del todo una tienda de souvenirs rodeada todavía de algunos neveros y pasos de nieve. Un sitio precioso.

 
 
 
Cambio de vertiente e inicio el descenso hacia el Jordbaerdal, el valle de la fresa. Bajo a un ritmo alegre y relajado disfrutando del paisaje y la carretera. Me echan las ráfagas; al tercero que lo hace me mosqueo bastante. Aquí todavía tienen la costumbre de avisar de los radares. Y en una de las largas rectas de la ya desierta carretera y cuando menos me lo espero veo una señal de 40 en medio de la nada y al fondo un autobús parado fuera de la carretera. La moto la he dejado ir en las casi interminables pendientes y va a unos 80 km/h. Comienzo a reducir suavemente la velocidad, no veo ningún coche en los arcenes. Delante del autobús una curva a izquierdas no demasiado cerrada. Hay turistas que se suben a él, y al fijarme un poco más y mezclado entre ellos… ¡alucina vecina!: ¡un policía sentado en una silla de camping con un trípode y un radar! Pisotón al freno sin saber a cuanto iba. Bueno, ya se cómo son los radares noruegos. En el día vería otros tres más en los más variopintos lugares.
Paro a comer pronto. Entiendo poco de la carta, así es que voy a lo seguro; un filete con patatas y ya que estamos en el valle de la fresa pues una de guarnición. Son más pequeñas que las españolas, más redondas y rechonchas. Son carnosas y muy dulces. Exquisita.

 
 

El valle está lleno de cultivos de este sabroso rubí comestible y a los lados de la carretera bastantes puestos que venden tarrinas. Es temporada de recolección y la gente se afana en esta época en recogerlas. Me quedé con ganas de comprar una pues no me parecieron caras para ser Noruega, unos 4 o 5 euros, eso si, recién cogidas y si están frescas pues…
Llego al primer ferry del día. En la cola se dirige a mí uno de los tantos curiosos que despierta la moto y su matrícula. Lo hace en castellano con acento latino, e intercala palabras en inglés-americano y castellano. Me cuenta que es noruego pero ha estado años viviendo en Miami. Él también tiene moto, me dice que también es Yamaha, una Yamaha Transalp, jeje, si, es muy famosa... Tiene el brazo en cabestrillo, se ha caído por las escaleras de su casa, y al parecer su mujer no le deja montar en moto. Al final me reconoce que le gusta mucho el vino, y si es español mucho mejor. Bien, eso explica lo del brazo, lo de la moto, y que el color de su toña sea el del tomate.
Rodeo de nuevo bellos fiordos, pero esta vez con un sol radiante y con una temperatura que me pide aligerar ropa y abrir cremalleras.
La zona es muy turística y comienza a estar bastante transitada. Después de tantos días por solitarios parajes me chirría un poco esta nueva situación.
Las pequeñas poblaciones parecen sacadas de una postal.
El fiordo que atravesamos está como un plato.
Al desembarcar del ferry salgo de los primeros pero pronto paro para dejarles pasar y dejarles algo de ventaja pues me agobian un poco.

 
 
 

Inicio otro ascenso entre bosques y montañas y al rato y sin esperarlo llego al famoso Geiranger. No sé muy bien como describirlo. Diré, sólo, que es muy pero que muy grande. Es curioso, pero he oído durante el viaje a personas decir que esta región de la tierra, aunque bonita, tanto de lo mismo cansa y aburre, pero os aseguro que aunque llevo cientos de km por estas zonas, a mi no me harta en absoluto.
Me detengo en uno de los miradores, pues en marcha es bastante peligroso, ya que hay demasiadas cosas que ver y no te puedes concentrar en lo importante.


 Prosigo el descenso con una inusitada alegría en mí, y en cuanto pierdo la cuenta de las curvas de 180 grados que llevo noto, de repente, cómo el freno trasero se vuelve esponjoso, y deja de hacer su función. No es la primera vez que me pasa, por lo que no me asusto en exceso. En las últimas rampas del puerto aminoro el ritmo y dejo toda la responsabilidad de la detención al freno delantero.
Ya en el puerto descanso y refrigero el freno y el culete.


¿Te puedo ayudar?


No creo que necesites la pata de cabra...

 Está atardeciendo y la luz se torna mágica.
Realmente no se si seguir; si el paraíso existe, no debe andar muy lejos. Me dan ganas de hacer noche aquí. Debe ser uno de los sitios con más alojamientos de Noruega. Por todos lados hay carteles que salpican la montaña. Pero hoy he avanzado muy poco. Por la mañana he parado mucho y ya apenas me quedan días.
Decido continuar.
De nuevo toca subir. El freno trasero ya ha recuperado su tacto y funciona de nuevo.
Subo el puerto empapándome de la hermosa luz.

 
 

Para evitar los males de otros días, no debo tardar mucho más en buscar alojamiento. Justo al coronar el puerto, me encuentro con el enésimo paraje de cuento de hadas. Se llama Dalsniba o algo así. De aquí parte una pista a la izquierda, que sigue ascendiendo hasta un mirador, pero cuesta 45 nok. Si tuviera la tienda de campaña, pasaría ahí la noche…
A la derecha se encuentra el único alojamiento de las inmediaciones. Paro a preguntar. Es un poco caro pero el sitio lo merece. No obstante el tipo comienza a dar vueltas, es como si no quisiera alquilarme la habitación.
Bueno, sin alterarme ni una mica, que llevo ya muchos km en el culete hasta llegar aquí, me doy media vuelta y continúo mi camino.

 
 
 
 

A estas horas las carreteras están ya casi desiertas, como a mi me gustan.
Llego a un cruce, en el que los dos ramales van a dar al mismo lado. Sin que sirva de precedente, debido a las horas y al cansancio, elijo el camino corto. De nuevo toca bucear por varios eternos túneles que atraviesan varias montañas. Entre túnel y túnel observo lo que sería digno de una caminata, pero en estas condiciones “no a lugar”.

 
 

 Parece ser que esta carretera es una antigua vía, se terminó en 1894, y une el este y el oeste del país. Está abierta sólo de junio a Octubre y no está permitida para caravanas. Rodea el glaciar de Tystigbreen y el parque nacional de Jostedalsbreen. Una de las tareas que traía pendiente era visitar algún glaciar, pero el tiempo esta justo y deberá esperar para otra ocasión.

 
 
 

Prosigo camino disfrutando mucho de la carretera, de la temperatura, de la luz y del maravilloso paisaje hasta Olden.

 
  
 
 
No pienso en nada, sólo disfruto y me empapo de cada curva y cada haz de luz. En el segundo camping de esta pequeña población tengo suerte. ¡Aquí me quedo!
230 km, 9 horas de moto.