Lunes, 14 de julio de 2008;
Karesuando – Nordkapp
Hoy tampoco salgo pronto. Desayuno un yogurt, recojo, monto el equipaje, y los mosquitos que estaban despistados comienzan ha venir en mi busca.

Hago unas fotos de la iglesia y del río, hablo un poco con el señor de la oficina de turismo. Me sorprende que se fijen en la matrícula de la moto y comiencen a hablar conmigo. Es agradable.




Comienzo la ruta de este día con una fijación, ¡quiero que hoy sea el día de llegada!
Es cruzar la frontera, ya estoy en Finlandia, y el cielo gris amenazador rompe en mil gotas, pero no me importa, camino solitario por las solitarias carreteras y poco me importa.



Me cruzo con algún caravanista o veo algún reno suelto. Así, a priori, no parece un animal ni bello ni inteligente. Llueve con fuerza. Las carreteras son planas y aburridas, no así los paisajes que ahora alternan entre pinos con lagos y la tundra, y claro está mosquitos. Sólo cuando llueve mucho los viles insectos parecen desaparecer.

Parece ser que en Finlandia la misma cosa puede llamarse de distintas maneras, no me pregunteís cómo se entienden...

Sin esperarlo me encuentro con una señal que me anuncia que estoy en Norge, Noruega, por fin, está perdida en medio del monte, no hay aduana, ni nada parecido, bueno si, unos samis que viven o malviven del turisteo vendiendo pieles, cuernos, suvenirs o artículos de dudosa coña.



Llego a Kautokeino, me detengo un momento en la iglesia protestante, en la oficina de turismo, y me dispongo a comer. Pruebo la carne de reno con unas bayas rojas.


Me llama la atención la decoración del interior de las iglesias protestantes, son muy sencillas, parece que dan prioridad a lo realmente importante sin distraerse en elementos superfluos.
Carne de reno,

Al salir parece que escampa. Me quito los plásticos y espabilo, comienza a cundirme.
En Karasjok intento ver el museo Sapmi pero cierran a las 6, no hay suerte. El pueblo debe ser bonito.

Dentro de la tienda...





Continúo camino y al salir otra tromba de agua, me vuelvo a plastificar y sigo, pero insisto, ya no me importa. Estoy acoplado perfectamente a la moto, volvemos a ser uno.


Y poco más adelante el paisaje cambia bruscamente, carreteras de montaña con curvas, cuestas y lindos paisajes llenos de vegetación…por fin.
La lluvia ya es más somera, y a mi izquierda sale una pistilla. No se por qué, pero doy la vuelta y me adentro por ella, si, ya lo se, no se adonde voy, pero es superior a mi, la sigo y tras un par de curvas y unos dos kilómetros el camino se estrecha y termina.
Paro el motor, me quito el casco, siento las gotas golpear en mi cabeza. Bajo de la moto y siento una irrefrenable fuerza que me empuja a adentrarme en la maleza, oigo al fondo un suave ruido, un rumor. Debo apartar las ramas de los árboles con los brazos, el ruido se hace más fuerte, suena como los motores de un avión a lo lejos, y de repente debo frenar en seco, ante mi tengo un cortado de unos ciento cincuenta metros. Oigo los latidos de mi propio corazón y mi agitada respiración. Levanto la vista y lo veo; El sonido no es un rumor, es un estruendo, a mi derecha baja una caudalosa cascada de bulliciosa agua, que cruza por debajo de la carretera y se desploma garganta abajo hasta un valle, lo sigo con la mirada divisando a lo lejos un zigzagueante río que discurre hacia la izquierda hasta unirse a otro más ancho, diferencio verdes y marrones, y levantando aun más la vista, observo perplejo en la lontananza cómo se yergue una cadena montañosa que obliga al caudaloso río a resbalar valle abajo y perderse entre la espesura vegetal.
Aguanto unos minutos bajo la suave lluvia boquiabierto contemplando el espectáculo, he venido a esto…


Desando el camino y tomo la carretera dónde la dejé, desciendo haciendo divertidas eses hasta Lakselv, ceno en una gasolinera un taco que pica como los demonios. Para olvidar.
Es tarde, comienza a descargar por enésima vez una gran tormenta pero retomo la marcha. El paisaje que intuyo debe de ser alucinante. Es como una gran calle con montañas a los lados y algunos neveros en sus sombrías y cimas que crean multitud de cascadas de menor o mayor índole.
A mi derecha discurre un caudaloso río.
De repente cesa el llanto de las nubes, cómo si la inhóspita y agreste naturaleza no quisiera que me perdiera lo que estaba por venir. El ambiente se queda como a mi me gusta, con esa calma absoluta después de la tormenta. La calzada poco a poco va secando y ruedo disfrutando mucho de la moto, de los tonos, los colores, del aire…
En ese instante las montañas se separan, la carretera discurre pegada al margen izquierdo, el río que llevo a mi derecha desemboca en una vasta extensión de agua.


A lo lejos no pierdo de vista la pared del margen derecho, debe ser la costa Finlandesa.
En estas tierras, nada mejor que ir tarareando y silbando en el interior del casco los grandes éxitos del grupo Finlandés Nightwish, que le pegan al paisaje que ni hecho a posta.
Me detengo en el arcén a contemplar el resucitador paisaje unos instantes.
Bordeo la costa a buen ritmo pero se me hace eterno, llego a Olderfiord quedan ciento y pico kilómetros. Mi pandero me dice hace ya un rato que pare, pero le hago caso omiso, ya he decidido que salvo causa de fuerza mayor hoy llegaré al cabo en cuestión.
Paso por túneles sin iluminar, fríos, con curvas, goteras y en cuesta que me dan repelús.
El cielo comienza a abrirse dejando entrever un azul intenso.




Delante de mí un autobús de turistas ralentiza su marcha y decenas de flases saltan desde los ventanales, sin parar, el autobús continua. Yo me detengo a recrearme, una manada de renos se dispone a dormir, son las 21:00. Ellos ya han encontrado sitio, yo sin embargo no tengo ni la más remota idea de donde daré hoy con mis huesos;



Pero en realidad tampoco me importa mucho.
Mientras, las nubes casi desaparecen por completo, y detrás de las montañas hay un gran resplandor. Sigo otro rato, y se produce otro momento de paz interior; circulo a unos 90-100-110 km/h y de rato en rato entro en una zona en la que me golpea suavemente el sol del atardecer llenando todo de una mágica luz que enciende todos los colores. A esta hora la carretera ya está desierta y negocio unas perfectas curvas de herradura con perfecta visibilidad. Inclino mi pecho sobre la bolsa sobre depósito, posiciono mi cuerpo, agarro con fuerza y decisión el manillar y negocio las curvas buscando esa trazada imaginaria casi perfecta. La moto también colabora y parece querer levantar su hocico olisqueando lo que durante tanto tiempo hemos imaginado y ansiado.
Durante este impass de tiempo no doy abasto con los rabillos de los ojos observando y empapándome de imposibles reflejos de montañas y nubes en el agua calma que me rodea por todas partes.
Llego al túnel por el que se accede a la famosa isla de Mageroya (sin rimas, gracias).
Se trata de un recorrido de unos 7 km que transcurren bajo el mar con un descenso brutal de 3’5 km y otros tantos de pendiente, en el que cómo en casi todos los túneles la temperatura desciende bruscamente, se empaña la visera y la humedad se te agarra a los huesos.
Al salir ¡OH! Bienvenido a Mageroya, 70 coronas noruegas, gracias.
Empiezo a subir, veo unas nubes alucinantes que se abrazan a las crestas de las montañas. El aire es fresco y muy limpio. Sigo subiendo como una exhalación, la moto más que correr, vuela.



Entro en un banco de niebla y no veo nada, apenas cinco metros por delante de la moto, voy casi parado, algún coche que viene de frente no me ve, tengo que parar en un par de ocasiones a limpiar la mi***a de visera antivao, le deben pitar los oídos al fabricante. Poco a poco avanzo hasta salir del banco, negocio las últimas rampas y curvas como si el último que llegase pagara, subo en volandas hasta la caseta de entrada.
Son las 23:50, me atiende Juan, un asturiano que a saber por qué avatares del destino trabaja aquí. Me da la bienvenida y la enhorabuena por haber llegado. A la vez que suelto la mosca que asciende a 190 kr, unos 24 euros.
Entro con la moto hasta ponerme en primera fila, hay un aparcamiento que está hasta la bandera de caravanas, a la derecha unas 20 o 30 motos y más a la derecha unos 10 autobuses de turistas.
Me bajo de la moto, me quito el casco, y me acerco al precipicio. Son las 24:00 horas, ¡hemos llegado!




Estoy temblando, por el frío, hoy he pasado mucho frío, pero también por la emoción. Por fin lo veo, está ahí, enfrente, en el horizonte, hoy ya no bajará más, ahora empezara a subir. Debajo de él no puedo ver el mar, está cubierto por un mar de nubes. Respiro tranquilo, ya estoy aquí. Parece un sueño, pero es real.




En realidad el punto más al norte corresponde al pico de al lado, pero no se puede llegar en vehículo,


Cojo la cámara y hago fotos, muchas fotos.


En ese momento, oigo a mi espalda que alguien grita ¡caros! ¿Caros?, Me giro pero no veo a nadie que me mire, ¿Quién me iba a conocer en tan recóndito sitio?


Pues ellos, Yvan y Mareck, los harleros belgas. Me da mucha alegría encontrármelos, nos abrazamos y damos la enhorabuena por haber llegado.
De repente y en cuestión de dos minutos nos envuelve una fria y densa niebla, este es un sitio mágico...

Y como en todo sitio mágico, ocurren cosas extrañas, os presento a mi aura protectora, sin ella no habríamos conseguido llegar...








Compartimos la cena, una magnífica cena de “traje”, yo traje pan, salami…ellos queso, galletas…
Tenía pensado dormir con el saco en algún rincón al resguardo, pero me ofrecieron dormir en su tienda, acepté. El mejor hotel del mundo, sin duda.


Mientras los cientos de caravanistas duermen y los turistas ya hace rato que se marcharon, nosotros nos quedamos hablando hasta las 4 a.m. empapándonos y admirando el sol de media noche.
550 km, 13 horas.