Domingo, 27 de julio de 2008;
Olden-Stavanger
Amanece otro espectacular día y además despejado y sin atisbo de
lluvia. Y amanezco temprano. A las 9 ya estoy en marcha. Desayunaré
en ruta. Es domingo y se nota. No hay apenas, ni un cristiano, ni un
protestante a la vista.
Subo y bajo puertos con deleite rumbo a Bergen. Tengo bastantes
expectativas con este sitio. Intentaré llegar hasta allí y hacer
noche.
Ruedo tranquilo y ligero, pensando en mis cosas. Me dejo llevar
bajando un puerto, curveando y disfrutando del nuevo y limpio
asfalto, de hecho todavía no tenía pintadas ni las líneas ni
puesta la señalización.
Reflexiono sobre uno de los miedos que tenía antes de salir; en un
viaje tan largo seguro que habría errores de conducción o sustos
debidos al cansancio, distracciones…
Bueno, pues aquí llegaría el primero de mención. Excesivamente
confiado en la desconocida carretera veo al fondo, entre las
montañas, parte de otro fiordo, y de repente una curva de noventa
grados. La trazo demasiado deprisa, apurando todo lo que me da la
calzada y el imaginario arcén, sin problema. A la salida de la
curva, en frente mía aparece una rotondita. Pisotón a los dos
frenos. La moto se empieza a cruzar de atrás de golpe, veo
lentamente como pierdo el horizonte y comienzo a ver el cielo. La
rueda trasera está bloqueada y desliza, casi puedo verla por el
rabillo del ojo derecho. La calzada está sucia por las obras. Los
milisegundos se suceden casi eternos, e irremediablemente me veo
irrumpiendo en la rotonda, o en el suelo. Voy haciendo contramanillar
pero siento cómo estoy perdiendo el control.
Instintivamente suelto el freno delantero al notar cómo el tacto de
la dirección se vuelve muy esponjoso y la rueda delantera comienza a
flotar. A continuación suelto el freno trasero y la moto se me cruza
bruscamente al otro lado. Veo como un par de coches entran en la
rotonda y reduzco una velocidad mientras piso de nuevo el freno
trasero. No hay espacio físico suficiente para detener la moto a
tiempo. Como un flash pasan por mi cabeza multitud de pensamientos y
diría yo que imágenes. Veo muy cerca el final del viaje. La cosa es
que el coche me ve y frena, y yo paso delante suya a dos cuartas de
su parachoques como una exhalación, dando bandazos y derrapando con
la maldita arenilla de la sucia rotonda, hasta que consigo controlar,
aún no se cómo, la moto.
Sin parar, levanto una mano en señal de disculpa y aprovecho para
buscarme el corazón que a estas alturas no se ande andará.
¡Uffffffff! Ha estado muy cerca.
Y es que, esto me hace recordar que cualquier error en un viaje de
este tipo te puede arruinar la aventura.
En breve llego al ferry que me cruzará al otro extremo del fiordo.
Llego antes de lo que pensaba a Bergen y aparco la moto delante de la
oficina de turismo. Una marea de gente inunda las instalaciones y
alrededores a esta. Después de una larga cola me informan de que el
funicular que sube a una colina cercana está cerrado por obras. Los
alojamientos son bastante caros, pero hay un albergue aquí al lado.
Aprovecho para comer a una hora prudente sin perder de vista mucho
tiempo la moto, cargada casi hasta los topes. Es uno de los sitios
más turísticos y famoso de Noruega. Pruebo suerte en el mercado al
aire libre que hay enfrente, en el puerto. Después de dar una vuelta
oigo castellano de nuevo, chavales y chavalas estudiantes que
trabajan en los puestos en verano para sacarse unas pelillas. Opto
por el recomendado en todas las guías “pescado y patatas”. Una
pequeña bandeja de cartón, con una base de patatas fritas y
cubiertas a duras penas por dos lomos rebozados de algo. 100 nok,
unos 12 euros de nada. Le comento a la chica que me atiende, mientras
le pago, que vaya precios, a lo que me contesta sin despeinarse que
“es lo que hay, esto es Noruega”, jeje, y yo pensando que los
tontos sólo abundaban en mi tierra…
Un poco insultado y con cara de tonto me siento a comer el prometedor
manjar.
Lo rebozado resultan ser dos lomillos de merluza congelada de
cualquier supermercado. Además el aceite de la freidora debe tener
más km que el de mi moto y emana cierto sabor a fritanga de feria.
Definitivamente este no es el mejor sitio para degustar el pescado
noruego.
Bien, me dispongo a buscar alojamiento en el albergue recomendado.
Más de lo mismo. Parece que la señorita que lo atiende y yo no
hablamos el mismo inglés. En seguida busca con su mirada al
siguiente de la fila, pero yo no me muevo. Un chico detrás de mí se
presta a traducirme con mayor precisión. La chica, asqueada me dice
que está completo mientras llama al siguiente. ¡Afuuuuuuu! ¡Vaya
día! agradezco a mi interlocutor su ayuda y me voy dando recuerdos
en castellano antiguo.
De nuevo a la oficina de turismo, pero la cola, ahora, es más larga
que antes. Veo alguna foto de la zona y leo algún cartel traducido
al castellano con poca fortuna.
Definitivamente este no es mi sitio. Debe hacer unos 25-28 grados
centígrados, me pesa todo, la protección de la espalda, la
cazadora…estoy perdiendo el tiempo y me estoy agobiando bastante.
La moto sigue dónde estaba y cómo estaba pero no estoy a gusto.
Subo a una colina cercana salpicada de casas para contemplar las
vistas y tomar aire y una decisión. Pues tomada.
Me voy. Cariacontecido y decepcionado busco la salida y en un semáforo un coche se para detrás mía. Veo cómo el conductor se baja apresuradamente y corre hacia mí. Ya no se si prepararme para darle un cate o qué. Me dice en inglés que colecciona matrículas del mundo y que si puede hacer una foto de la mía. ¡Vaya obsesión que tienen por aquí con las matrículas! En fin, me río y le digo que saque las fotos que quiera.
Salgo a carretera convencional con pocos vehículos, y me impongo un
buen ritmo sin paradas. Hoy y ahora me apetece un montón montar en
moto y no parar. Alcanzo de nuevo, por los pelos, otro ferry en
Halhjeim. Me habían dicho que llegar hoy a Stavanger por carretera
era inviable, que habría unos 500 km. Resultó ser una incorrecta
información que no me bajo el ánimo ni un ápice. Sin saberlo a
ciencia cierta, con este ferry, y sobre el mapa, parecía bastante
más cerca. Cruzo una isla por la 545 adelantando coches y motos
siguiendo a una pareja con sendas yamahas fj; él con una 1300 y ella
con una antigua y preciosa 1200. Me siento cómodo con este ritmo más
elevado y volamos por la sinuosa carretera convencional de nuevo por
la E39 dirección sur.
Un túnel de unos ciento y pico metros por debajo del nivel del mar y otro ferry. Como siempre, en los ferrys, mientras te preparas para el desembarco hablas con la gente que va en moto.
Un túnel de unos ciento y pico metros por debajo del nivel del mar y otro ferry. Como siempre, en los ferrys, mientras te preparas para el desembarco hablas con la gente que va en moto.
Aprovecho para preguntar por una gasolinera, que ya voy en reserva
hace un rato, y Herald, una chica se unos treinta y tantos, a lomos
de una suzuki bandit, se presta a llevarme.
Cuando la moto comienza a dar sus últimos estertores de muerte en
forma de tirones por la falta de combustible, llegamos a la
gasolinera. Le pregunto si conoce algún alojamiento, económico, en
Stavanger y tras consultar Internet en su móvil, que más se parecía
a un ladrillo hueco doble, me dice que le siga. Y así lo hago. Nos
separan de esta ciudad, famosa y rica por sus explotaciones
petrolíferas, unos 40 km. Y de nuevo un mega túnel por debajo del
agua. Pero esta vez de 3 carriles para cada sentido, con una línea
doble continua que los separa, y que me provoca unos sudores fríos
cada vez que me adentro en el tercer carril, que no os cuento. Me
lleva directamente a un escondido camping; a su entrada hay un
albergue. Me dice que entre a preguntar si hay sitio y si me
convence. Y sí, me convence. Insisto en invitarle a tomar algo pero
tiene que ir a recoger a su hija. Le agradezco enormemente su ayuda y
nos despedimos. ¡Mil gracias Heradl!
Me instalo, y de nuevo mi gran pronunciación del inglés hace que unos madrileños me descubran. Son Marta y Álvaro. Se trata de una agradable pareja que han hecho una escapada por estos lares. Después de una necesitada ducha nos vamos hacia el centro a dar un paseo.
Me invitan a cenar en lo poco que queda abierto, algo así como un seven eleven y vemos una exposición fotográfica al aire libre mientras hablamos de nuestros viajes.











No hay comentarios:
Publicar un comentario