jueves, 1 de noviembre de 2012

27 de julio; Olden-Stavanger


Domingo, 27 de julio de 2008;
Olden-Stavanger
Amanece otro espectacular día y además despejado y sin atisbo de lluvia. Y amanezco temprano. A las 9 ya estoy en marcha. Desayunaré en ruta. Es domingo y se nota. No hay apenas, ni un cristiano, ni un protestante a la vista.
Subo y bajo puertos con deleite rumbo a Bergen. Tengo bastantes expectativas con este sitio. Intentaré llegar hasta allí y hacer noche.

 
 
 
Anoche estuve reflexionando y las cuentas no me salen. Di mi palabra de estar el día uno de agosto en casa, estoy todavía muy arriba, quedan muchos km por delante, unos 3600 km, y muchas cosas por ver. Debo sacrificar destinos, el tiempo de turismo se me ha acabado, y es una pena pues estoy en una de las zonas que más tiene que ofrecer el país.
Ruedo tranquilo y ligero, pensando en mis cosas. Me dejo llevar bajando un puerto, curveando y disfrutando del nuevo y limpio asfalto, de hecho todavía no tenía pintadas ni las líneas ni puesta la señalización.
Reflexiono sobre uno de los miedos que tenía antes de salir; en un viaje tan largo seguro que habría errores de conducción o sustos debidos al cansancio, distracciones…
Bueno, pues aquí llegaría el primero de mención. Excesivamente confiado en la desconocida carretera veo al fondo, entre las montañas, parte de otro fiordo, y de repente una curva de noventa grados. La trazo demasiado deprisa, apurando todo lo que me da la calzada y el imaginario arcén, sin problema. A la salida de la curva, en frente mía aparece una rotondita. Pisotón a los dos frenos. La moto se empieza a cruzar de atrás de golpe, veo lentamente como pierdo el horizonte y comienzo a ver el cielo. La rueda trasera está bloqueada y desliza, casi puedo verla por el rabillo del ojo derecho. La calzada está sucia por las obras. Los milisegundos se suceden casi eternos, e irremediablemente me veo irrumpiendo en la rotonda, o en el suelo. Voy haciendo contramanillar pero siento cómo estoy perdiendo el control.
Instintivamente suelto el freno delantero al notar cómo el tacto de la dirección se vuelve muy esponjoso y la rueda delantera comienza a flotar. A continuación suelto el freno trasero y la moto se me cruza bruscamente al otro lado. Veo como un par de coches entran en la rotonda y reduzco una velocidad mientras piso de nuevo el freno trasero. No hay espacio físico suficiente para detener la moto a tiempo. Como un flash pasan por mi cabeza multitud de pensamientos y diría yo que imágenes. Veo muy cerca el final del viaje. La cosa es que el coche me ve y frena, y yo paso delante suya a dos cuartas de su parachoques como una exhalación, dando bandazos y derrapando con la maldita arenilla de la sucia rotonda, hasta que consigo controlar, aún no se cómo, la moto.
Sin parar, levanto una mano en señal de disculpa y aprovecho para buscarme el corazón que a estas alturas no se ande andará. ¡Uffffffff! Ha estado muy cerca.
Y es que, esto me hace recordar que cualquier error en un viaje de este tipo te puede arruinar la aventura.
En breve llego al ferry que me cruzará al otro extremo del fiordo. Llego antes de lo que pensaba a Bergen y aparco la moto delante de la oficina de turismo. Una marea de gente inunda las instalaciones y alrededores a esta. Después de una larga cola me informan de que el funicular que sube a una colina cercana está cerrado por obras. Los alojamientos son bastante caros, pero hay un albergue aquí al lado. Aprovecho para comer a una hora prudente sin perder de vista mucho tiempo la moto, cargada casi hasta los topes. Es uno de los sitios más turísticos y famoso de Noruega. Pruebo suerte en el mercado al aire libre que hay enfrente, en el puerto. Después de dar una vuelta oigo castellano de nuevo, chavales y chavalas estudiantes que trabajan en los puestos en verano para sacarse unas pelillas. Opto por el recomendado en todas las guías “pescado y patatas”. Una pequeña bandeja de cartón, con una base de patatas fritas y cubiertas a duras penas por dos lomos rebozados de algo. 100 nok, unos 12 euros de nada. Le comento a la chica que me atiende, mientras le pago, que vaya precios, a lo que me contesta sin despeinarse que “es lo que hay, esto es Noruega”, jeje, y yo pensando que los tontos sólo abundaban en mi tierra…
Un poco insultado y con cara de tonto me siento a comer el prometedor manjar.
Lo rebozado resultan ser dos lomillos de merluza congelada de cualquier supermercado. Además el aceite de la freidora debe tener más km que el de mi moto y emana cierto sabor a fritanga de feria. Definitivamente este no es el mejor sitio para degustar el pescado noruego.
Bien, me dispongo a buscar alojamiento en el albergue recomendado. Más de lo mismo. Parece que la señorita que lo atiende y yo no hablamos el mismo inglés. En seguida busca con su mirada al siguiente de la fila, pero yo no me muevo. Un chico detrás de mí se presta a traducirme con mayor precisión. La chica, asqueada me dice que está completo mientras llama al siguiente. ¡Afuuuuuuu! ¡Vaya día! agradezco a mi interlocutor su ayuda y me voy dando recuerdos en castellano antiguo.
De nuevo a la oficina de turismo, pero la cola, ahora, es más larga que antes. Veo alguna foto de la zona y leo algún cartel traducido al castellano con poca fortuna.
Definitivamente este no es mi sitio. Debe hacer unos 25-28 grados centígrados, me pesa todo, la protección de la espalda, la cazadora…estoy perdiendo el tiempo y me estoy agobiando bastante.
La moto sigue dónde estaba y cómo estaba pero no estoy a gusto.
Subo a una colina cercana salpicada de casas para contemplar las vistas y tomar aire y una decisión. Pues tomada.

 

Me voy. Cariacontecido y decepcionado busco la salida y en un semáforo un coche se para detrás mía. Veo cómo el conductor se baja apresuradamente y corre hacia mí. Ya no se si prepararme para darle un cate o qué. Me dice en inglés que colecciona matrículas del mundo y que si puede hacer una foto de la mía. ¡Vaya obsesión que tienen por aquí con las matrículas! En fin, me río y le digo que saque las fotos que quiera.
Salgo a carretera convencional con pocos vehículos, y me impongo un buen ritmo sin paradas. Hoy y ahora me apetece un montón montar en moto y no parar. Alcanzo de nuevo, por los pelos, otro ferry en Halhjeim. Me habían dicho que llegar hoy a Stavanger por carretera era inviable, que habría unos 500 km. Resultó ser una incorrecta información que no me bajo el ánimo ni un ápice. Sin saberlo a ciencia cierta, con este ferry, y sobre el mapa, parecía bastante más cerca. Cruzo una isla por la 545 adelantando coches y motos siguiendo a una pareja con sendas yamahas fj; él con una 1300 y ella con una antigua y preciosa 1200. Me siento cómodo con este ritmo más elevado y volamos por la sinuosa carretera convencional de nuevo por la E39 dirección sur.

 
 

Un túnel de unos ciento y pico metros por debajo del nivel del mar y otro ferry. Como siempre, en los ferrys, mientras te preparas para el desembarco hablas con la gente que va en moto.
Aprovecho para preguntar por una gasolinera, que ya voy en reserva hace un rato, y Herald, una chica se unos treinta y tantos, a lomos de una suzuki bandit, se presta a llevarme.

 
 
Cuando la moto comienza a dar sus últimos estertores de muerte en forma de tirones por la falta de combustible, llegamos a la gasolinera. Le pregunto si conoce algún alojamiento, económico, en Stavanger y tras consultar Internet en su móvil, que más se parecía a un ladrillo hueco doble, me dice que le siga. Y así lo hago. Nos separan de esta ciudad, famosa y rica por sus explotaciones petrolíferas, unos 40 km. Y de nuevo un mega túnel por debajo del agua. Pero esta vez de 3 carriles para cada sentido, con una línea doble continua que los separa, y que me provoca unos sudores fríos cada vez que me adentro en el tercer carril, que no os cuento. Me lleva directamente a un escondido camping; a su entrada hay un albergue. Me dice que entre a preguntar si hay sitio y si me convence. Y sí, me convence. Insisto en invitarle a tomar algo pero tiene que ir a recoger a su hija. Le agradezco enormemente su ayuda y nos despedimos. ¡Mil gracias Heradl!

 

Me instalo, y de nuevo mi gran pronunciación del inglés hace que unos madrileños me descubran. Son Marta y Álvaro. Se trata de una agradable pareja que han hecho una escapada por estos lares. Después de una necesitada ducha nos vamos hacia el centro a dar un paseo.

 
Me invitan a cenar en lo poco que queda abierto, algo así como un seven eleven y vemos una exposición fotográfica al aire libre mientras hablamos de nuestros viajes.

 
 
 
 

La noche no da para más, pues al día siguiente hay que seguir. Mañana nos veremos.
460 km, 11 horas en moto.

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