jueves, 12 de marzo de 2009

12 de julio, Umea-Tore

Sábado, 12 de julio de 2008;
Umea – Tore
Como casi todos los días me levanto pronto, 8:30 desayuno, recojo, engraso, tenso la cadena y cargo la moto y, como casi todos los días salgo tarde, no lo entiendo, pero así sucede.



Ruedo un rato y paro en Skelleftea, pregunto a dos jóvenes rubitas que me ponen al día un poco sobre las costumbres, horarios del lugar, y algún sitio para comer.
Aproximadamente 15 minutos de conversación, aquí la gente es muy amable, amigable y cordial; a los Suecos les da curiosidad hablar con un Español, y casi todos conocen España de oídas, “oh si algún día iremos a Gran Canaria…”
Me acerco a un restaurante-pizzería cercano y tengo el dilema de donde y como aparcar la moto. La estaciono en un aparcamiento para coches con zona azul, como casi en toda suecia, en una sombra fuera de las rayas y a la vista, pero no estoy conforme.
Le pregunto a la chica que me atiende y me dice que no sabe, parece que le cuesta entender mi inglés (no lo entiendo, en el barrio siempre me han dicho que hablo español con acento de Oxford). Llama a una señora voluminosa, con rasgos marcados, unas manos como mi cara, pelirroja de melena larga hasta el pompis y unas espaldas que ya las quisiera para si Chuck Norris, es decir, una vikinga en toda regla, vestida con un pantalón de faena y una camiseta de manga corta, debe ser pintora a tenor de los ramalazos que salpican su vestimenta. Me pregunta si me puede ayudar, le cuento lo que me pasó ayer con la maldita multa y me cuenta que en efecto hay un aparcamiento para motos al lado de la oficina de turismo, a 10 minutos andando. ¡Pues vaya negocio!
Me dice que espere, entra en el restaurante y sale al instante con un rollo de cinta de carrocero y unas tijeras. Me dice que le siga, le hago caso sin saber muy bien a dónde vamos, nos dirigimos hacia la moto, me dice que la lleve hasta una plaza de aparcamiento justo enfrente de la mesa donde voy a comer, y que ocupe toda la plaza, así lo hago, me lleva hasta la máquina de los ticket, saca de su bolsillo 1,5 euros y extrae uno para media hora, nos acercamos a la moto y me dice que sujete el recibo en el centro de la cúpula, mientras ella corta dos trozos de cinta y los coloca en los extremos,

le doy las gracias e intento sin éxito devolverle el dinero. ¡No entiendo ni papa! ¿Donde estoy? Alucino, pero no se vayan todavía que aún hay más. Me dice que me siente a la mesa y que qué quiero beber. “A coke, please” Al instante sale con la bebida y la carta, que por supuesto no entiendo. Le comento que sé que en esa zona es típico el Plalz (pronunciarlo si os atrevéis) y me responde que ahí no tienen, pero que el mejor sitio de la zona para ese menester es su pueblo natal, Obejin, a una media hora; me pregunta entonces si me gusta la pasta, y me recomienda un white and black (un blanco y negro); pues bueno, de algo hay que morir…

No hay palabras, bueno, en realidad si que las hay, delicioso, o está muy rico, o a mi me sabe a gloria, se trata de unas cintas con carne separadas en dos grandes montones, unas blancas y otras oscuras con salsa de setas, y en medio de las dos montañas carne cubierta con queso fundido, bastante cantidad y calidad.
Salgo en dirección norte por la costa y me detengo al ver una oficina de turismo, con la idea de repetir la estrategia del día anterior; me consiguen una cabaña en un camping en Tore.

asi las gastan los camiones por aquí, en decoración y en longitud, conviene tener en cuenta que los trenes de carretera tienen una longitud mayor que en España.





A partir de ahí me relajo, hasta el camping que se encuentra en el punto más al norte del mar Báltico.

Mi primera cabin, los alrededores son fantásticos, como es buena hora aprovecho para hacer la primera colada, me tienen que ayudar. Lavadora y secadora por 35 coronas.

Conozco a Herz, un abuelete salao propietario de un triker, me cuenta orgulloso las características de su cacharro impulsado por un motor de ford mondeo.

Gasta su tiempo dando vueltas arriba y abajo, de hecho, aquí son forofos de los americanos y uno de sus pasatiempos favoritos es dar vueltas y hacer trompos con sus flamantes vehículos americanos que a veces paseando por alguna calle de algún remoto pueblo te transportan a otro tiempo y lugar.
Estoy hasta las 2 de la mañana haciendo fotos. El resplandor es brutal, es una sensación muy extraña, pero muy agradable y bonita, en esta latitud aunque se esconde el sol por unas pocas horas ya no hay noche.

Para mi, la mejor foto del viaje,

Entre foto y foto me bebo el paisaje, aspiro los sonidos y me relajo mucho, es otro momento de calma interior.


311 km, 6 horas

1 comentario:

Roberto dijo...

Coño Carlos, qu´ñe fotos!! me quito el sombrero
R
www.viajoenmoto.com