lunes, 9 de marzo de 2009

6 de julio, Unna- Koge

Domingo, 6 de julio de 2008;

Unna-Koge (Dinamarca)

Me levanto a buena hora, ya noto el cansancio acumulado de los días, echo la mañana en pasear y hacer fotos por el pueblo.


Me llama la atención el cementerio, no está apartado, no tiene muros, está integrado en el centro del pueblo. Tiene una valla de metro y medio metálica y lo conforma un tupido bosque; da tranquilidad y ganas de pasear sosegadamente por él.



Al volver al hotel recojo, engraso la cadena y arranco, ya es tarde.

Tomo la autoban donde la dejé el día anterior, dirección Bremen, sigo hacia Hamburgo, aburrido y hastiado de la autovía paro en Lubeck en el único sitio que veo abierto, el restaurante Miranda; parece que están en el descanso entre la comida y la cena, las 16 h aproximadamente, con mi mal inglés me dirijo a una camarera que llama a otro camarero que a su vez llama al cocinero, que parece dominar el inglés. El único problema reside en que habla tan bien la lengua del reino unido que yo no le entiendo mucho. Llegados a este punto, pido una coca cola y me siento a hojear mi mapa, para mi sorpresa cuando terminan lo que están haciendo se sientan junto a mí, y entre los tres empiezan a traducirse hasta que al final nos entendemos. Me dan a entender, sorprendentemente para mí, que esa misma tarde puedo llegar al mar y me informan de las opciones para cruzar el charco. Al final, parece que la opción de ir a Puttgarden como tenía pensado era lo mejor. Les di las gracias y continué camino, con otro animo.

En un penúltimo estirón llego a Puttgarden,


chispeando pero sin perdidas ni complicaciones y a 5 minutos de que salga el ferry a Rodbyhawn. Primer porrazo, 44 euros del ala. No queda nadie por embarcar salvo un operario con su walki talki que con la mano me dice que espabile; mientras voy de pie, acelero en segunda y tumbo la moto, me dispongo a subir a una estructura metálica con un brillo más que sospechoso, en ese instante comienza a irse suavemente de atrás, la enderezo isofacto quedándose sólo en un sustillo, al final de la estructura veo que vuelven a abrir la gran boca del ferry y otro hombre agita el brazo. Acelero hasta entrar en el estomago del barco sin saber nada bien lo que debo hacer.

A mi derecha veo 4 custom que amarran sus monturas con unas cinchas ajustables; yo trato de imitarles, y dejando la moto asegurada salgo de la bodega.





Me doy una vuelta por el barco y los 45 minutos que dura el trayecto se pasan volando. Me llama la atención dos cosas; la primera es que la gente se dirige en tromba a la tienda y carga bebidas alcohólicas como si las regalaran, y la segunda es que mientras hago alguna foto en la cubierta, veo a dos tipos que parecen moteros realizando poses ¿jocosas?, o por lo menos curiosas, de lo que no cabe duda es que se lo pasan en grande.



Desembarco del ferry en Dinamarca, comienza a chispear y paro en la primera gasolinera a la salida del puerto para ataviarme en condiciones. Pero descarga una buena tromba asi es que aguanto un rato ahí. Dos galletas y un vistazo curioso a sus monturas sirven para entablar conversación con dos harleros belgas, se trata de Iván y Mareck, los que se hacían fotos en el barco, se identifican como flipi y flapi, los flipaos. Bien, en ese caso ya todo va encajando. Parecen gente maja, curiosos y originales, asi es que nos extendemos un buen rato hablando de nuestras motos y demás banalidades mientras apuramos las galletas que quedan. Ellos van a Cabo Norte también, pero subirán por Noruega. A la hora parece que afloja, parece que no ha llovido nunca. Aprovecho para pertrecharme y salir, ellos, no tienen prisa, van con vaqueros, forro polar, chalecos de cuero… Me despido con un “good trip, I see you in nordkapp” (Buen viaje, os veo en Cabo Norte).

Abandono la gasolinera y al momento vuelve a apretar con fuerza la bendita lluvia torrencial. Paso un mal rato pues, aunque había conducido con bastante agua, jamás con esta cantidad; voy por la autovía y no puedo pasar de unos 80 o 90 km/h porque no veo y porque siento como la rueda delantera comienza a flotar, para colmo cada vez que llega un ferry, desembarcan como caballos desbocados, y me adelantan como si se acabase el mundo, impulsándome una cortina de agua que me deja a ciegas durante algún segundo. Por no hablar de los camiones, que además del agua y no respetar la distancia de seguridad te hacen dar bandazos por el aire que desplazan.

A todo esto, el agua ya ha calado las botas que me vendieron como súper impermeables, los pantalones con membrana de no se qué por la qué no entraría ni una gota, los guantes, la supermegacazadora y el chubasquero. Esto no me afectaría en exceso si no fuera porque el agua ha llegado hasta los mismísimos, cosa que me enerva y cabrea sobremanera. Decido salirme de la autopista y al rato paro en un hotel que encuentro al borde de la carretera. Me quieren cobrar 71 euros. Mientras dejo un charco bajo mis botas pienso que debo seguir adelante.

En realidad estoy mojado, helado de frío, hambriento y no se donde demonios me encuentro; me digo a mi mismo que ¿no querías aventura? Po toma, una bañera.

Siento una sensación extraña, pues estoy a 2500 km de casa, de todo y todos los que conozco, nadie sabe donde estoy ahora mismo, anochece, llueve, no conozco el idioma, los pueblos están desiertos, ni un alma, no se dónde o a quién recurrir…

Parece que aclara un poco y la lluvia cesa casi por completo. Aprovecho para echarme otra vez a la autovía. Por el camino busco alojamiento sin fortuna, pierdo bastante tiempo callejeando por los pueblos. Pregunto en gasolineras, hasta llegar a Koge, ciudad más grande, me guío por paneles en la carretera o carteles luminosos en las poblaciones.

Al final llego a un hotel que no tiene mala pinta, claro, 125 euros la noche. ¡No, si mal ojo no tengo, no! Pero el amable recepcionista me indica un sitio asequible y limpio.

En efecto, en cinco minutos me planto en el Hotel Central (a la cuarta va la vencida), se trata de un bar enmoquetado con mesa de billar y unas cuantas mesas, que tienen habitaciones. Negocio el precio por una habitación individual y me lo deja en 47 euros con desayuno. La mujer, ya entrada en años, me calcula el precio en euros pues su moneda es la corona danesa aunque aceptan euros, pero al darme la vuelta de los 50E, no distingue las monedas de 10 céntimos de las de euro; intento explicárselo por activa y por pasiva, casi desespero, pero son las 22:30 y estoy derrotado, me rindo y me retiro a la habitación, necesito descansar. Hoy ha sido el día que más tarde se me ha hecho.

600 km, todo el día en la moto.

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